DEL BOLI ROJO AL LÁPIZ

Todavía recuerdo la cantidad de reuniones en las que había que proponer y la mayoría se quedaba callado hasta que proponía algo y de repente todo el mundo había llevado el boli rojo para corregirlo.

Desde pequeños, en un sistema reactivo, pocos aprendieron a correr el riesgo de proponer y sin embargo todos aprendimos a pensar en lo que otro hizo o escribió, con un boli rojo en la mano.

Ahora la inteligencia artificial ha cambiado el orden de las cosas. Eso ya no ocurre. Cualquiera tiene un ensayo o una presentación alucinante sobre el asunto más difícil o peregrino que exista.

Ahora cualquiera puede tener el papel lleno en segundos. Y eso me parece extraordinario. El problema es que un papel lleno no significa necesariamente un pensamiento construido además de las alucinaciones que pueda tener.

Podemos recibir en segundos una respuesta brillante, perfectamente redactada y aparentemente razonable sin haber pensado todavía qué sabemos sobre aquello, qué no sabemos, de dónde procede la información, qué fiabilidad tiene, qué otras alternativas existen o cuánto de lo que estamos leyendo estamos dispuestos realmente a incorporar a nuestro propio pensamiento.

Por eso creo que, paradójicamente, cuanto más avance la inteligencia artificial, más importante será que nosotros aprendamos a pensar. Y quizá tengamos que cambiar de instrumento para lo que propongo, pasar del boli rojo al lápiz.

El lápiz no espera a que el pensamiento esté terminado para aparecer. Escribe, borra, pregunta, prueba, corrige, relaciona y vuelve atrás. Puede cambiar de opinión cuando encuentra una razón para hacerlo.

Porque considero que cambiar de opinión fundamentadamente no es una debilidad. Es una capacidad.

Y esto no vale solo para la inteligencia artificial. Tampoco deberíamos dar por bueno automáticamente lo que dice alguien, un experto, un periódico, alguien a quien admiramos o nuestra propia cabeza. Nuestra mente también completa huecos, interpreta, selecciona y se equivoca.

Quizá el verdadero riesgo de este momento no sea que las máquinas aprendan a pensar. Quizá sea que nosotros nos acostumbremos a no hacerlo. No debemos por bueno automáticamente lo que dice alguien, un experto, un periódico, alguien a quien admiramos o nuestra propia cabeza. Nuestra mente también completa huecos, interpreta, selecciona y se equivoca.

Quizá el verdadero riesgo de este momento no sea que las máquinas aprendan a pensar. Quizá sea que nosotros nos acostumbremos a no hacerlo.

Yo, por si acaso, cada vez tengo más claro con qué quiero seguir escribiendo lo que pienso a pesar de que sean pocos los que me lean y menos los que me entiendan.

Con lápiz.

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