No sé si resulta demasiado arrogante considerarme nativa digital, pero cuando a los diez años empecé con BASIC y aquellos ordenadores enormes que nadie imaginó que algún día cabrían en un bolsillo, algo de eso empezó a formarse en mí.
Aquellas pantallas negras, verdes y blancas me enseñaron una lección que todavía me acompaña. Si no guardabas constantemente lo que estabas haciendo, desaparecía. Se esfumaba. Había que empezar de nuevo.
Etiquetar disquetes, esperar, repetir, equivocarse y volver a intentarlo desarrolló en mí una paciencia que entonces parecía técnica, pero que con los años entendí que era vital. Aprendí a no rendirme antes de tiempo. A anticipar la satisfacción final. A confiar en el proceso.
Mientras aquí peleaba con rotrings, compases y papel vegetal, aquel mismo ordenador me mostró, durante mi año de intercambio, que AutoCAD podía hacer de forma más eficiente lo que antes requería horas de precisión manual. Ahí comprendí algo importante. Quien domina la tecnología domina también una de las leyes más poderosas del ser humano, la ley del mínimo esfuerzo.
Después me aparté un tiempo de la formación tecnológica, aunque nunca de la práctica autodidacta. Elegí explorar la conducta humana, sus motivaciones y sus secretos. Pero seguí mirando de cerca cómo aquella máquina de hacer años evolucionaba hasta convertirse en una herramienta poderosa que hoy cabe en la palma de la mano.
Celebro cada día la velocidad que imprime a todo lo que quiero crear. Pero también me observo. Y descubro que mi paciencia se reduce cuando algo no sucede de forma inmediata.
Quizá ahí esté la gran paradoja.
La tecnología nos ha enseñado a ganar tiempo, pero la vida sigue pidiéndonos paciencia.
El amor, la salud, las relaciones humanas, la confianza, los proyectos importantes y casi todo lo que merece la pena no se descargan, no se automatizan y no aparecen al instante.
Requieren tiempo.
Y quizá, si no lo cuidamos, acabemos perdiendo las dos cosas.
El tiempo y la paciencia.





















