Si algo no soporto son los líos, las mentiras, los malentendidos que se alimentan solos. La gente que parece necesitar conflicto para sentirse viva. Quienes siempre reman en contra, piensan mal, inventan para tener foco o convierten cualquier situación en una discusión interminable.
He dedicado mucho tiempo de mi vida a hacer justo lo contrario. A abrir mi círculo, mi refugio y mi corazón. A sentarme a escuchar a quien estaba solo. A ofrecer una palabra amable, una conversación profunda o simplemente un lugar donde contar algo sin miedo a que luego se use en su contra. Sin juicio. Sin evasivas.
A cambio solo pido algo muy sencillo. No mentir. No enredar.No juzgar antes de preguntar. Si algo no se entiende, aclararlo con curiosidad y no con mala intención. Intentar comprender antes de imaginar lo peor.
Quiero reflexionar sobre ello porque es importante en nuestro bienestar y afecta a todas las facetas de nuestra vida. Cuando vivimos rodeados de tensión, sospecha o conflicto, el cerebro activa mecanismos de amenaza. La amígdala se mantiene en alerta, el cortisol sube y dejamos de escuchar de verdad. Nos defendemos, interpretamos mal, reaccionamos antes de comprender.
En cambio, cuando sentimos seguridad, respeto y calma, la corteza prefrontal funciona mejor. Pensamos con más claridad, regulamos mejor las emociones y conectamos de forma más humana. La paz no es ingenuidad. Es una condición biológica para relacionarnos bien.
En un mundo donde parece que lo único que florece y regamos son las guerras, quizá esta sea nuestra pequeña contribución. Crear alrededor espacios de paz.
Y si hoy pactamos esa pequeña contribución y antes de responder en una conversación tensa, hacemos una pausa de seis segundos y bajamos el tono de voz. Con ese pequeño espacio ayudamos a frenar la reacción automática del cerebro y favorecemos respuestas más conscientes, más limpias y mucho más pacíficas.





















