Quien recibe una invitación a una isla como la de Epstein puede imaginar fácilmente lo sugerente que resulta. Un lugar paradisíaco, privado, exclusivo, lleno de lujos y aparentemente sin coste alguno. El sueño de muchos condensado en una escapada perfecta.
Pero hay sueños que es mejor no convertir en realidad. Porque lo que parece privilegio puede esconder la peor de las pesadillas.
Resulta repugnante comprobar cómo todavía hoy hay personas que se sienten con derecho a considerar a otros seres humanos inferiores, disponibles, intercambiables. Como si el poder económico otorgara permiso para poseerlo todo, incluso aquello que jamás debería tocarse. El brillo del dinero deslumbra hasta nublar cualquier límite moral.
Lo hemos visto con normalidad en películas de narcotraficantes y mafias y hoy también asistimos con horror a la guerra que desata. Pero cuando esa lógica aparece en el mundo de los negocios, en la política o incluso en instituciones que deberían representar valores, la incredulidad deja paso al asco. Porque la pobreza más profunda no es la material. Es la humana.
Hay quien utiliza el dinero para comprar silencios, voluntades, admiración. Mecenas que escuchan, halagan y financian vicios por pura mezquindad. Da igual la ideología o el nivel intelectual. El ego mal gestionado sucumbe al aplauso fácil y al privilegio ilícito.
Al final, lo verdaderamente obsceno no es la isla. Es la mentalidad que la hace posible.




















