Hace muchos años, cuando era pequeña y nos mudamos de casa, vi un desahucio en directo que a día de hoy todavía me impresiona recordar.
Todo estaba en la puerta. Los enseres, las herramientas, la ropa, los electrodomésticos. Me pareció que un huracán había desplazado la casa dejando todo tirado a su paso y solo podía pensar en la tristeza y el desamparo de quienes allí vivían.
Años más tarde aprendí los mecanismos que inventamos para que eso ocurra y, gustándome tanto como me gusta el urbanismo, el diseño de las ciudades, la oferta de vivienda y las alternativas posibles, siempre me ha acompañado esa imagen.
Cohousing, coliving, vivienda social en alquiler, vivienda de precio contenido, alquiler con opción a compra, vivienda libre, unifamiliares. Pocas opciones me siguen pareciendo para que todo el mundo tenga un techo bajo el que vivir.
Pero siempre hay alguien que critica sin proponer, pone pegas incesantemente a lo que en ese momento está sobre la mesa y quiere hablar de otra cosa para acabar no haciendo nada.
Espero que la inhumanidad mostrada en el desahucio de Maricarmen y sus dramáticas consecuencias no tengan que repetirse para entender que esto no puede volver a ocurrir.
Cualquiera que tenga cerca a alguien de esa edad puede comprender el shock y el estrés brutal que esos años y esa salud no pueden soportar.
Solo creo que nuestro homenaje, en esta campaña que se tornaba fuera de tono y fuera de tema, debería centrarse en algo que no solo acampa en Sol, sino también en los temores de muchas personas que no ven esperanza en sus vidas ni techos sobre ellas.
Que lejos de caer en el populismo barato seamos responsables y críticos para exigir un debate serio, con ejemplos comparados de otros países, medidas en marcha y un compromiso claro sobre el papel.
Que no tengamos que volver a asistir a huracanes como el que yo presencié y todavía me sobrecoge.
¿Qué política de vivienda exigiríamos si recordáramos que detrás de cada puerta puede haber una vida entera?




















