Jorge dirigía un equipo de profesionales brillantes que, sin embargo, tardaban semanas en tomar decisiones que podrían haberse resuelto en una mañana.
Cada vez que alguien presentaba una propuesta, los demás encontraban algo que cambiar. Un título, una palabra, un procedimiento o una pequeña modificación que les permitiera dejar su propia huella.
Nadie parecía dispuesto a limitarse a decir que estaba bien.
Una tarde, Jorge visitó a su abuela, que preparaba una tortilla para una comida familiar. Mientras batía los huevos, fueron llegando sus hijos y nietos.
Uno sugirió añadir cebolla, otro propuso cambiar el aceite, una tercera quiso incorporar pimientos y alguien aseguró que estaría mucho mejor hecha al horno.
La abuela escuchó pacientemente hasta que el último de sus nietos le pidió que añadiera un huevo más.
—¿Y para qué quieres otro huevo? —preguntó.
—Para que también tenga algo mío.
La mujer dejó el tenedor sobre la mesa y sonrió.
—Lleváis veinte minutos intentando mejorar una tortilla que ninguno habéis probado. Y lo curioso es que nadie ha pensado en decirme que quizá ya estaba bien.
Jorge reconoció inmediatamente aquellas reuniones interminables en las que cada participante parecía necesitar una modificación para justificar su presencia.
—¿Y qué vas a hacer? —preguntó.
—Terminarla. Después podéis probarla, felicitarme si os gusta o decirme qué mejoraríais. Pero no necesito que todos pongáis un huevo para que la tortilla también sea vuestra.
Al día siguiente, Jorge comenzó su reunión con una pregunta diferente.
—Antes de proponer cambios, ¿alguien considera que podemos aprobar la propuesta tal como está?
Por primera vez, varias manos se levantaron.
Me pregunto cuántas veces confundimos participar con intervenir, aportar valor con introducir cambios y demostrar nuestro criterio con encontrar algo que objetar.
Quizá nos cuesta reconocer que otra persona ha hecho algo suficientemente bien porque sentimos que, si no añadimos nada, nuestra presencia pierde importancia.
Sin embargo, asentir, adherirse y felicitar también son formas de contribuir. Y reconocer el mérito ajeno no disminuye el nuestro.
¿Cuántas veces has sentido la necesidad de poner tu propio huevo en una tortilla que ya estaba bien hecha?
Aruca Gómez





















