No puedo evitar escribir estas proféticas palabras cuando, como espero que muchos, paseo por cualquier ciudad española. Aprovecho que ya ha empezado la cuenta atrás para las próximas elecciones municipales para advertir sobre un fenómeno recurrente,las obras para la ocasión.
En las emergencias recientes, incendios, accidentes ferroviarios, inundaciones, hemos visto a todos los niveles de la administración lo mismo y sus consecuencias. El mantenimiento y la prevención no son el fuerte de nuestros gobernantes, porque dicho por ellos mismos, eso no da votos.
Y seguro que somos tan necios que nos deslumbrarán las obras que llevan años sin hacer y los desperfectos que llevan años sin reparar. De pronto, en los últimos meses antes de votar, aparece el brillo. Y ese brillo basta para revalidar el título sin más.
Luego llega el guion conocido. En el primer año suben impuestos y sueldos. En los dos siguientes se vive de rentas, paseos y discursos. Y en el tercero vuelven la prisa. Empiezan obras en los lugares donde más conviene, aunque sean reiteradas o incluso innecesarias además de molestas.
Todo para rematarlas dos semanas antes de sacar las urnas y dejarnos una prueba a la vista que nos facilite justificar la comodidad de no cambiar nada.
Pero este sistema, tal y como está, lo sostenemos nosotros. Así que cuando falte mantenimiento y ocurran desgracias y las lamentemos, no busquemos solo culpables ni nos dejemos dirigir para que recaiga en los otros. Sin perder de vista la responsabilidad de quienes gobiernan, no perdamos de vista la nuestra.
Porque si premiamos el maquillaje y castigamos la prevención, acabaremos viviendo en un país que arregla lo visible donde da votos y abandona lo esencial.




















