La importancia de saber delegar va a crecer a medida que vayamos adoptando automatizaciones e inteligencia artificial, porque tendremos que decidir qué delegamos, para qué lo hacemos y cómo queremos que se haga.
Y eso no es tan sencillo como parece.
De momento entiendo la rabia que le da a quien no utiliza inteligencia artificial cuando ve que otros hacen en mucho menos tiempo trabajos que antes exigían horas, paciencia y bastante resignación.
Pero el problema no es usarla.
El problema es saber usarla.
Porque con la inteligencia artificial pasa algo parecido a lo que ocurre cuando delegas en una persona. Si no sabes dar contexto, explicar lo que necesitas, distinguir lo importante de lo accesorio o revisar con criterio, el resultado difícilmente estará a la altura.
Y ahí es donde mucha gente se pierde, porque quien no está acostumbrado a delegar tampoco está acostumbrado a formular bien un encargo. No sabe explicar qué quiere, qué espera, qué debe respetarse, qué puede cambiarse y qué no puede tocarse de ninguna manera.
Tampoco ayuda ser tan controlador que cualquier resultado que no coincida exactamente con lo que uno tenía en la cabeza parezca mal hecho.
Delegar no es desaparecer.
Delegar es saber qué parte del trabajo necesita tu criterio y qué parte solo necesita método.
Muchas tareas que antes eran corta y pega a pedales entre PDF infinitos, Word antiquísimos y documentos llenos de erratas podrán hacerse mejor, en menos tiempo y listas para revisar, ajustar y enviar.
Pero para eso hay que entender para qué te sirve la herramienta, qué mejora, qué acelera y dónde sigue siendo imprescindible tu mirada.
Si no, lo único que desarrollaremos será una especie de instinto investigador, eso sí será una superinteligencia, dedicada exclusivamente a detectar que algo está hecho con inteligencia artificial cuando te lo han enviado hecho pocos minutos después.
Como si el mérito estuviera en descubrir la herramienta y no en mejorar el resultado.
La pregunta ya no es si alguien ha usado inteligencia artificial.
La pregunta es si ha sabido pensar antes de pedirle algo.
Porque quizá lo que más diga de nosotros no sea lo que la inteligencia artificial responde, sino lo que somos capaces de preguntarle.




















