Somos muchos a los que, de una manera u otra, nuestra propia familia nos ha preguntado alguna vez por qué seguimos dedicándonos a la política. Incluso nos han pedido que la dejemos.
No porque no entiendan nuestra vocación, sino precisamente porque ven lo que cuesta. El desprestigio de todo un gremio termina cayendo sobre cualquiera que forme parte de él, como si no existieran enormes diferencias entre unos y otros. Como si todos fuéramos iguales.
Y, sin embargo, yo me considero política de por vida. Esté o no en un cargo público, no pienso dejar de interesarme, participar, opinar y comprometerme con una dedicación que considero tan vital como necesaria.
Sé también que hacerlo tiene un precio. Dar mi opinión, discrepar o ir contracorriente sin estar dentro del circuito oficial puede perjudicarme personal y profesionalmente. Sería mucho más cómodo callarme, hablar únicamente de aquello que no incomoda o adaptarme al pensamiento dominante en cada momento.
Pero entonces estaría renunciando a una parte esencial de lo que para mí significa la política.
En estos años he visto cómo demasiada energía se desplazaba de la gestión, la solución de problemas y la búsqueda de grandes acuerdos hacia el enfrentamiento permanente y la necesidad de derribar al adversario.
Y cuando el adversario ya no parece suficiente, ampliamos el campo de batalla.
Ahora también entran las familias.
Además, empezamos a exigir algo todavía más difícil de entender. Queremos políticos humanos, cercanos y auténticos, pero al mismo tiempo pretendemos que tengan un expediente perfecto desde la primera comunión. Que nunca se hayan equivocado, contradicho, relacionado con quien no debían o tomado una mala decisión. Y casi empezamos a exigir lo mismo a cualquiera que lleve su apellido.
Por supuesto que quien ejerce una responsabilidad pública debe asumir un escrutinio mayor. Transparencia, ejemplaridad, rendición de cuentas y consecuencias cuando se incumplen las reglas son imprescindibles.
Pero integridad no significa perfección. Y fiscalizar no debería significar convertir cualquier error de una vida, cualquier relación o cualquier familiar en munición política.
Por eso empiezo a preguntarme quién querrá dedicarse mañana a esto.
Quién tendrá una vocación suficientemente fuerte. Quién estará dispuesto a asumir que opinar pueda cerrarle puertas profesionales. Y quién tendrá una familia tan abnegada como la mía para aceptar que una vocación que no eligieron también pueda terminar exponiéndolos a ellos.
Porque quizá, intentando encontrar políticos perfectos, terminemos consiguiendo algo mucho peor.
Que muchas personas valiosas, con vidas normales, errores, familia, profesión y criterio propio decidan que participar en política ya no merece la pena.
¿Qué clase de política tendremos si para dedicarse a ella empezamos a exigir dejar de ser humanos?




















