Aprovechar un momento privilegiado de foco como la Superbowl para lanzar el mensaje no puede quedar oculto. Creer en uno mismo, repitió Benito y suena fácil. Se dice rápido, se aplaude mucho y se practica poco. Porque una cosa es repetirlo y otra muy distinta es vivir como si fuera verdad. Creer en ti implica exponerte, fallar, volver a empezar y sostener la duda sin salir corriendo. Y eso no siempre es cómodo.
No es casual que muchos negocios y gobiernos se apoyen en el poder y el miedo. El miedo a no ser suficiente, a no estar preparado, a no tener edad, dinero, contactos o legitimidad. Es una herramienta eficaz. Cuando la autoestima se debilita, la acción se paraliza. Y una comunidad paralizada consume, obedece y se conforma, pero no crea ni transforma.
Así se quedan fuera demasiadas personas brillantes. Personas con ideas, sensibilidad y talento que podrían aportar algo valioso al mundo, pero que terminan haciéndose pequeñas en casa porque alguien les convenció de que no era el momento, de que no eran suficientes, de que soñar era ingenuo. Y justo ahora necesitamos más soñadores y menos realistas resignados.
La fe de la que hablamos no es ingenua ni ciega. Nace del amor por los demás y del deseo sincero de mejorar lo común. Y para eso no basta con creer en uno mismo, hace falta además, creer en nosotros. En la cooperación. En que los puntos de vista distintos no estorban, completan. En que los buenos planes y las buenas políticas se llenan de sentido cuando se construyen entre muchos.
Quizá el cambio empiece por una pregunta sencilla. Qué puedo dar. Qué puedo ofrecer. Desde ahí la hoja de ruta cambia. Y cuando cambia desde dentro, el mundo también empieza a moverse.




















