Hace poco hice un test online de competencias para identificar fortalezas y áreas de desarrollo, que es como ahora llamamos a las debilidades. En eso hemos avanzado. Lo que no esperaba era el resultado. Me sorprendió para mal la forma en la que la máquina interpretó algo que para mí es casi una regla de vida profesional.
Según los resultados del test, pedir opinión a compañeros y consultar con jefes sería una falta de autonomía y de valentía que debería trabajar. Y ahí me saltó una alarma. Porque si algo he aprendido, en años tomando decisiones sin una figura de jefe o jefa como tal y cuando cada vez el mundo es menos cierto, es precisamente lo contrario. La responsabilidad de decidir no empieza hablando, empieza escuchando. No se trata de delegar la decisión, se trata de tomarla mejor.
Consultar no es inseguridad, es higiene mental, es la valentía de no reconocerte infalible. Es protegerse de los propios sesgos, de la visión única, de la trampa de creer que lo que yo veo es todo lo que hay. Y sobre todo es una forma de inteligencia colectiva. Porque las decisiones que afectan a otros deberían construirse con perspectivas distintas, especialmente con las de quienes no se parecen a ti, no piensan como tú y no te darán la razón por inercia. Eso no quita autonomía para adornar la decisión final, la eleva.
Por eso creo que las IAs pueden ayudar mucho, pero en determinadas cuestiones siguen siendo ayudantes. Útiles, rápidos, brillantes incluso, pero aprendices. Y si se les da más autoridad que criterio pueden dejar fuera del tablero el talento humano que más importa. Pueden convertir respuestas tipo test en diagnósticos simplistas. Pueden conducir, como ya lo han hecho, a errores caros, incluso a decisiones con consecuencias legales y económicas, porque sus alucinaciones no son una anécdota, son un riesgo real.
La lección para mí es clara. La autonomía y la valentía no suponen decidir con tu criterio solo. Es decidir con criterio. Y el criterio se entrena escuchando antes de hablar.




















