He leído hace poco que la generación Z está apuntándose a hábitos boomers pues vamos con uno que algunos han dejado de hacer y los beneficia.
Hay rutinas pequeñas que parecen no significar gran cosa y, sin embargo, cambian el tono entero del día. Para mí, escribir tres líneas a mano al despertar puede ser una de ellas. No porque tenga nostalgia, ni por jugar a tener una vida más ordenada, ni porque tenga una agenda molona porque lo hago en el Ipad. Lo valioso está en otra parte. En que escribir a mano nos obliga a aparecer.
Antes de mirar pantallas, que seguro que es lo que haces, antes de entrar en las urgencias de otros, antes de empezar a responder más que a pensar, coger un bolígrafo y escribir tres líneas tiene algo profundamente reparador.
La mano va más despacio que la mente ansiosa y, justo por eso, ayuda a que ambas se encuentren. No hace falta escribir algo brillante. A veces basta con poner cómo te sientes, qué te preocupa o qué no quieres olvidar de ti misma ese día.
Siempre me ha parecido que escribir a mano deja una huella distinta. Como si el pensamiento, al pasar por el cuerpo, se volviese más verdadero. Menos automático. Menos prestado. Más tuyo.
Y no es solo una sensación. Un estudio de Van der Weel y Van der Meer publicado en Frontiers in Psychology encontró que la escritura a mano se asocia con patrones de conectividad cerebral más amplios y elaborados que teclear, algo que los autores relacionan con procesos importantes para el aprendizaje y la memoria.
Por eso me gusta esta idea de empezar el día con tres líneas. Porque no se trata solo de escribir. Se trata de reunirnos. De darle al cerebro una entrada menos brusca y más consciente. De recordarnos que, antes de producir, rendir o correr, conviene habitarse un poco.
A veces tres líneas de boomer no parecen gran cosa y sí lo son.





















