Desde hace unos meses observo con estupor cómo el mundo se parece cada vez más a un videojuego de guerra. A pesar de que estoy acostumbrada a ver series de espionaje, la realidad está superando cualquier ficción. Operaciones quirúrgicas, ataques selectivos, eliminaciones estratégicas, cambios de régimen, todo narrado como si fueran pantallas superadas y no vidas humanas. Se habla de precisión, de objetivos neutralizados, de daños colaterales, con un lenguaje tan limpio que casi consigue borrar la realidad.
Estamos tan acostumbrados a la vida en las pantallas que ya no distinguimos la realidad de la ficción. Pero lo inquietante no es solo que ocurra. Lo inquietante es la facilidad con la que se celebra. Como si hubiéramos aceptado que, cuando la causa parece justa, las reglas pueden suspenderse. Como si la emoción del momento sustituyera al derecho internacional, y la épica reemplazara a la prudencia.
Durante décadas nos repetimos que existía un orden internacional basado en normas. Soberanía, legalidad, acuerdos, organismos multilaterales. No era perfecto, pero al menos establecía límites. Ahora da la sensación de que ese marco se ha vuelto opcional. Que depende de quién actúe, contra quién y con qué relato. Siempre el relato…
Algunos dicen que el mundo ha cambiado y que esas reglas ya no sirven. Puede ser. Pero entonces convendría saber cuáles son las nuevas. Porque cuando se acepta que un país puede intervenir en otro por interés estratégico, por seguridad preventiva o por razones morales, la pregunta inevitable es quién decide dónde empieza y dónde termina ese derecho.
Hoy se justifica contra dictaduras, mañana contra teocracias, pasado contra gobiernos incómodos, y después quién sabe. La historia demuestra que las excepciones, cuando se normalizan, dejan de ser excepciones.
El problema no es solo lo que se hace. Es el precedente que se crea.
Y los precedentes, en política internacional, siempre terminan pasando factura y siempre hay que pensar en quién gana en el caos.





















