SIN  CHOQUE GENERACIONAL

Hace tiempo que observo algo que cada vez se hace más evidente. Las diferentes generaciones compartimos cada vez menos cosas. No vemos lo mismo, no escuchamos lo mismo, no leemos lo mismo y muchas veces ni siquiera pensamos desde referencias parecidas. Y esa desconexión empieza a tener consecuencias.

Por eso no me sorprende cuando algunos estudios hablan de una involución en los más jóvenes. Desde mi punto de vista lo es cuando ciertos avances en igualdad o en derechos se perciben como una agresión. Cuando se milita contra ellos como si defenderlos fuese una amenaza a las posiciones más cómodas. Cada generación cree estar corrigiendo a la anterior, pero cuando eso se hace sin diálogo ni contexto, el resultado suele ser empobrecedor.

También me preocupa que cada generación y su identidad se estén convirtiendo en una frontera. Ya cada uno sabe si es boomer, de la X, milenial o de la Y o Z . Como si fuera un obstáculo insalvable para mantener conversaciones interesantes, profundas, incluso incómodas, sin que aparezca inmediatamente el juicio mutuo. La experiencia de unos y la energía de otros deberían complementarse, no excluirse.

El problema es que ya casi no compartimos experiencias. No hablo solo de tiempo físico, que todavía existe. Hablo de tiempo vivido juntos. Cada uno habita su pantalla, su algoritmo, su selección de contenidos. Y desde ahí construye su visión del mundo sin apenas contrastarla con quienes piensan distinto o han vivido otras etapas.

Si cada vez nos conocemos y reconocemos menos, la brecha crecerá. Cada cohorte tenderá a defender solo lo suyo. Y las ideas de solidaridad, cooperación o proyecto común empezarán a parecer ingenuas o peligrosas.

Cuando cada uno va a lo suyo, nadie va a lo de todos. Y una sociedad que olvida ese equilibrio empieza a debilitarse.

Quizá el verdadero reto de nuestro tiempo no sea tecnológico, ni económico. Sea volver a escucharnos entre generaciones y a interesarnos por ellas antes de que la distancia se vuelva irreversible.

EL TIEMPO QUE NOS DEVUELVE LA TECNOLOGÍA

Sé que no soy profeta en mi tierra. Mi espíritu de early adopter me ha llevado muchas veces a caminar sola durante años hasta que la tendencia, la moda o la demanda alcanzan a los demás. Y aun así soy feliz así. Porque mientras muchos dudaban, otros ya estábamos viendo venir preguntas decisivas sobre las pantallas, la vivienda o la inteligencia artificial.

Ahora, tres años después, casi todo el mundo puede hablar al menos un poco de IA porque la ha usado alguna vez. Ya no suena a ciencia ficción. Su impacto en la productividad es evidente aunque algunos todavía lo oculten como si los demás no fueran a notarlo. Pero la cuestión importante no es cuánto más hacemos gracias a ella. La verdadera pregunta es qué vamos a hacer con el tiempo que nos devuelve.

El tiempo es el lujo más valioso. Y seguir llenándolo con presentismo, horarios rígidos y rutinas absurdas sería convertir este avance en una necedad monumental. Si una tecnología nos libera horas, lo inteligente sería usarlas para vivir mejor.

Propongo que empecemos por cuidarnos más. Que invirtamos ese tiempo en ejercicio, en descanso, en comer mejor, en entrenar cuerpo y mente para llegar más lejos y vivir con más calidad. Siempre será mejor estar en un gimnasio, paseando o haciendo fuerza que pegados a una silla sin necesidad.

Pero no solo eso. También deberíamos usar ese tiempo para mejorar nuestras relaciones. Para ver más a quienes queremos, escuchar con calma, acompañar mejor y construir vínculos menos apresurados y más humanos. Porque vivir más no sirve de mucho si vivimos solos, agotados o desconectados.

Quizá el mejor uso de la inteligencia artificial no sea producir sin parar, sino regalarnos tiempo para estar más sanos, más lúcidos y más cerca unos de otros.

ENTRE EL PLACER Y LA FELICIDAD

Vivimos rodeados de recompensas. Pequeñas dosis de placer inmediato que aparecen con un clic, una compra, un “me gusta”, una notificación o un capricho. Son rápidas, intensas y fugaces. El cerebro las celebra porque activan la dopamina, esa chispa que nos empuja a repetir lo que acaba de darnos un pequeño subidón. Pero una recompensa no siempre deja huella y comienza una espiral en la que siempre queremos más.

La satisfacción es otra cosa. Llega más despacio y se construye con el tiempo. No aparece como un destello sino como una sensación profunda de sentido. Tiene más que ver con haber creado algo, haber ayudado a alguien, haber perseverado cuando no era fácil o haber elegido algo que conecta con nuestros valores. No es tan espectacular, pero sí permanece.

Quizá por eso me gusta recordar el cuadro del Bosco,  El jardín de las delicias. Ese cuadro nos muestra un universo lleno de tentaciones, placeres y escenas que parecen celebrar el disfrute inmediato. Un mundo fascinante y exuberante donde todo parece posible… y efímero. La pintura nos recuerda que el placer puede ser tan seductor como pasajero si no está acompañado de algo más profundo.

La felicidad real suele aparecer cuando aprendemos a equilibrar ambas cosas. Disfrutar del placer sin que gobierne nuestras decisiones y cultivar la satisfacción que da sentido a lo que hacemos.

Y si empezamos a escanear nuestras sensaciones y al hacer algo que te apetezca mucho te preguntas  si es recompensa o satisfacción. No para dejar de disfrutarlo, sino para elegir conscientemente. 

Si al final del día has hecho al menos una cosa que te haga sentir satisfecho contigo mismo, habrás construido una felicidad que dura más que cualquier recompensa momentánea.

CUANDO UNA HISTORIA DE AMOR TE ACOMPAÑA TODA LA VIDA

Debía de ser apenas una teenager cuando descubrí en casa la colección de Sarpe de Novelas Inmortales. Aquellos tomos me llamaban desde la estantería como si guardaran un secreto. Empecé por Cumbres Borrascosas y ya no pude parar. Las devoré todas, pero esa historia en particular me impactó de una forma difícil de explicar.

El amor de Cathy y Heathcliff tenía algo salvaje, inevitable. No era un amor cómodo ni razonable. Era de esos que, una vez aparecen, no se pueden esconder ni domesticar. Recuerdo haber entendido muy pronto algo que todavía hoy me acompaña. Solo tenemos una vida y al corazón, cuando habla de verdad, hay que escucharlo. Aunque los demás tengan argumentos, razones o intereses que parezcan más sensatos. Ignorarlo suele acabar siendo un sufrimiento para todos.

Años después me hacía gracia cómo Alf, en aquella querida serie, mencionaba ese drama romántico una y otra vez con humor. Era una forma ligera de recordar que algunas historias se quedan para siempre en la cultura y en la memoria emocional.

Ahora he vuelto a sentir algo parecido al ver la versión cinematográfica. La historia es más breve, como suele ocurrir cuando la literatura se transforma en cine, pero el sentimiento permanece intacto. Esa intensidad que te recuerda que hay amores que no se olvidan ni se sustituyen.

Es difícil salir del cine sin pensar en tu propia Cathy o en tu propio Heathcliff. Y si eres de los afortunados que los tiene cerca, es inevitable sonreír un poco más al volver a casa.

JUNTAS, MÁS LEJOS 

Emprender acompañada tiene algo que no se puede fingir. La ilusión se multiplica, el miedo se vuelve más pequeño y el proverbio africano se hace real, juntas llegamos más lejos. Por eso siempre, donde he estado, siempre he procurado comunidad. Allí donde voy, voy sumando personas, talento, historias y ganas de construir.

Sé que a muchas les cuesta. No por falta de corazón, sino por hábito. El cerebro protege, desconfía, anticipa rechazo, es sesgo de negatividad. Pero los hábitos se entrenan. Cuando cooperamos, activamos pertenencia, neuronas espejo, oxitocina, seguridad psicológica. Y desde ahí pensamos mejor, decidimos mejor, nos atrevemos más.

Esto es un proyecto, una red, dentro de otra red que nació hace años con la Asociación de Mujeres de Tres Cantos,un lugar donde crecer. Para apoyar, ayudar, testar y soñar sin miedo al fracaso, con energía y con ganas de hacer realidad ideas que nos hacen visibles, resuelven problemas y crean oportunidades.

Si tienes una idea, si estás empezando, si tu negocio ya camina y quieres mentorizar, o si simplemente quieres aportar tus capacidades para que otras brillen, este es tu sitio. En la Semana de la Mujer, que se note esta energía femenina tan nuestra, la que no compite, la que conecta, la que impulsa.

EL TALLER DE LAS MANOS Y LAS MÁQUINAS

En una ciudad donde las fábricas habían dejado de sonar y muchos temían por su futuro, un viejo taller seguía abierto al final de una calle estrecha. Allí trabajaba Asha, una ingeniera, junto a Mateo, un carpintero que llevaba cuarenta años usando sus manos para crear.

Un día llegaron las primeras máquinas inteligentes al taller. Robots que podían cortar, ensamblar, calcular y aprender más rápido que cualquier persona.

Muchos en la ciudad comenzaron a decir:

—Las máquinas nos reemplazarán.

—Los humanos ya no seremos necesarios.

Pero Asha tenía otra visión.

En lugar de cerrar el taller, reunió a los vecinos. Enseñó a los jóvenes a programar a los robots, pidió a los mayores que enseñaran lo que sabían hacer con sus manos y su experiencia. Las máquinas aprendían velocidad, pero los humanos les enseñaban propósito.

Pronto el taller cambió. Los robots levantaban estructuras imposibles de hacer antes. Los artesanos diseñaban cosas nuevas. Los jóvenes imaginaban soluciones que antes parecían ciencia ficción.

Un día un niño preguntó a Mateo:

—¿Quién es más importante, los robots o nosotros?

Mateo sonrió mientras miraba a una máquina pulir una pieza que él había diseñado.

—Las máquinas multiplican lo que sabemos hacer. Pero solo los humanos decidimos para qué hacerlo.

Y así el viejo taller se convirtió en algo nuevo: un lugar donde las máquinas hacían más grande la capacidad humana, pero donde las decisiones siempre nacían de la comunidad.

Porque entendieron algo esencial, la tecnología no decide el futuro. Lo decide la manera en que los humanos elegimos usarla juntos.

Os dejo este cuento con la reflexión que creo necesitamos hacer.Está en nuestras manos ahora que la inteligencia artificial pueda multiplicar nuestras manos. Pero solo la inteligencia humana unida podrá darle un corazón al progreso.

EL LOBO Y LOS TRES CERDITOS DEL URBANISMO

A veces el urbanismo de las ciudades me recuerda al cuento de los tres cerditos. No por la ingenuidad del relato, sino por la sensación de que todo depende de qué cerdito seas y de dónde hayas construido tu casa. Según el barrio, los votos,  la normativa que toque aplicar o según el momento, tu vivienda puede ser de paja, de madera o de ladrillo. Y el lobo siempre llega.

El lobo, en este caso, no viene del bosque. Viene del Ayuntamiento, armado con ordenanzas, expedientes, requerimientos y sanciones. Decide soplar y soplar hasta tirar una terraza, un cerramiento o una mejora que, en muchos casos, no pone en riesgo la seguridad de nadie y que incluso aumenta la calidad de vida de quienes viven allí. Pero la norma dice que no, y cuando la norma dice que no, la que sin embargo para otros si cambian, soplar parece convertirse en una obligación casi deportiva.

Todo se hace en nombre de la función social de la propiedad. Un concepto jurídicamente impecable y necesario, pero que a veces se aplica con más entusiasmo que sentido común. Llegan cartas certificadas, amenazas de multa, anotaciones en el registro de la propiedad, plazos imposibles. Durante meses, incluso años, el vecino vive estresado pendiente de un expediente que pesa más que el sentido común de la propia obra.

Lo curioso es que esa misma energía rara vez aparece cuando los problemas son otros. Cuando hay ruidos, inseguridad, suciedad, abandono o conflictos vecinales que afectan de verdad a la convivencia, la maquinaria parece moverse más despacio. Como si soplar fuera más fácil que arreglar.

Y así, en este cuento moderno, no siempre gana el cerdito más prudente. Gana el que tuvo la suerte de construir donde el lobo decide no soplar.

EL MUNDO COMO VIDEOJUEGO

Desde hace unos meses observo con estupor cómo el mundo se parece cada vez más a un videojuego de guerra. A pesar de que estoy acostumbrada a ver series de espionaje, la realidad está superando cualquier ficción. Operaciones quirúrgicas, ataques selectivos, eliminaciones estratégicas, cambios de régimen, todo narrado como si fueran pantallas superadas y no vidas humanas. Se habla de precisión, de objetivos neutralizados, de daños colaterales, con un lenguaje tan limpio que casi consigue borrar la realidad.

Estamos tan acostumbrados a la vida en las pantallas que ya no distinguimos la realidad de la ficción. Pero lo inquietante no es solo que ocurra. Lo inquietante es la facilidad con la que se celebra. Como si hubiéramos aceptado que, cuando la causa parece justa, las reglas pueden suspenderse. Como si la emoción del momento sustituyera al derecho internacional, y la épica reemplazara a la prudencia.

Durante décadas nos repetimos que existía un orden internacional basado en normas. Soberanía, legalidad, acuerdos, organismos multilaterales. No era perfecto, pero al menos establecía límites. Ahora da la sensación de que ese marco se ha vuelto opcional. Que depende de quién actúe, contra quién y con qué relato. Siempre el relato…

Algunos dicen que el mundo ha cambiado y que esas reglas ya no sirven. Puede ser. Pero entonces convendría saber cuáles son las nuevas. Porque cuando se acepta que un país puede intervenir en otro por interés estratégico, por seguridad preventiva o por razones morales, la pregunta inevitable es quién decide dónde empieza y dónde termina ese derecho.

Hoy se justifica contra dictaduras, mañana contra teocracias, pasado contra gobiernos incómodos, y después quién sabe. La historia demuestra que las excepciones, cuando se normalizan, dejan de ser excepciones.

El problema no es solo lo que se hace. Es el precedente que se crea.

Y los precedentes, en política internacional, siempre terminan pasando factura y siempre hay que pensar en quién gana en el caos. 

NO ES PAÍS PARA MUJERES

Hay algo que me entristece profundamente cuando se celebra que una mujer deje la política. Sea quien sea. Piense lo que piense. Como si su salida fuera un triunfo colectivo y no una señal de alarma.

Nos convencimos de que con listas paritarias el problema estaba resuelto. Cincuenta por ciento y asunto cerrado. Pero la realidad es más compleja. El poder no es solo ocupar un escaño. Es poder sostenerlo sin que te cueste la vida personal, la salud o la dignidad.

La política se ha convertido en un ecosistema 24 horas. Un espacio donde la exposición es permanente y el desgaste, constante. Donde no solo se fiscaliza la gestión, sino el gesto, la familia, el pasado, el entorno. Antes, al menos, quienes acompañaban quedaban al margen. Ahora todo vale. El titular efímero justifica arrasar con cualquiera que esté cerca.

El resultado es evidente. Muchas mujeres no se van por falta de capacidad. Se van porque el precio es desproporcionado. Porque el entorno no solo exige dedicación absoluta, sino resistencia al ataque continuo. Y porque las redes y los informativos han sustituido el debate por el desgaste.

No es falta de ambición. Es cálculo emocional. Es preguntarse cuánto compensa.

Yo tuve la suerte de contar con un equipo de apoyo incondicional en casa. Lo digo con gratitud. Pero imaginen la expresión cuando alguien me dice que debería volver. No es miedo al trabajo. Es memoria del ecosistema.

La democracia necesita talento. Pero también necesita entornos habitables.

Y mientras no lo sean, no bastará con contar mujeres. Habrá que preguntarse por qué se van.

LA REVOLUCIÓN DEL MAQUILLAJE

En Latakia, Siria, alguien ha decidido que el maquillaje femenino es un problema público. El gobernador ha optado por prohibirlo en las empleadas públicas para evitar lo que llama uso excesivo. Resulta curioso cómo, una vez más, el foco no está en la corrupción, ni en la pobreza, ni en la falta de oportunidades, sino en el rostro de una mujer.

El maquillaje nunca ha sido solo pigmento. Es identidad, juego, expresión, armadura y, a veces, simple placer. Prohibirlo no es una cuestión estética. Es un gesto simbólico. Es recordar a las mujeres que su imagen siempre está bajo supervisión. Que su libertad es negociable. Que su cuerpo sigue siendo territorio político.

Nos dicen que es por orden, por moral, por decoro. Pero rara vez vemos normas diseñadas para educar el autocontrol de quienes miran con deseo desmedido o ejercen poder sin límites. El problema nunca parece estar en la falta de autocontrol masculino, sino en la visibilidad femenina.

La revolución del maquillaje no consiste en colorear párpados. Consiste en decidir. En poder elegir mostrarse o no. En no aceptar que la solución a los impulsos ajenos sea esconderse.

Cuando una sociedad regula el rímel antes que la violencia, no está protegiendo la virtud. Está revelando su miedo a la autonomía femenina.

Y la autonomía, cuando se prueba, ya no se olvida. Hagamos política, apoyémonos porque si no alguien lo hará contra nosotras. Qué ganas me dan de pintarme como una puerta. 

EL BRILLO QUE CIEGA

Quien recibe una invitación a una isla como la de Epstein puede imaginar fácilmente lo sugerente que resulta. Un lugar paradisíaco, privado, exclusivo, lleno de lujos y aparentemente sin coste alguno. El sueño de muchos condensado en una escapada perfecta.

Pero hay sueños que es mejor no convertir en realidad. Porque lo que parece privilegio puede esconder la peor de las pesadillas.

Resulta repugnante comprobar cómo todavía hoy hay personas que se sienten con derecho a considerar a otros seres humanos inferiores, disponibles, intercambiables. Como si el poder económico otorgara permiso para poseerlo todo, incluso aquello que jamás debería tocarse. El brillo del dinero deslumbra hasta nublar cualquier límite moral.

Lo hemos visto con normalidad en películas de narcotraficantes y mafias y hoy también asistimos con horror a la guerra que desata. Pero cuando esa lógica aparece en el mundo de los negocios, en la política o incluso en instituciones que deberían representar valores, la incredulidad deja paso al asco. Porque la pobreza más profunda no es la material. Es la humana.

Hay quien utiliza el dinero para comprar silencios, voluntades, admiración. Mecenas que escuchan, halagan y financian vicios por pura mezquindad. Da igual la ideología o el nivel intelectual. El ego mal gestionado sucumbe al aplauso fácil y al privilegio ilícito.

Al final, lo verdaderamente obsceno no es la isla. Es la mentalidad que la hace posible.

M DE…METAMORFOSIS Y MENOPAUSIA

Ahora que lo he pasado, o eso creo, puedo hablar con algo de serenidad sobre un periodo que fue una auténtica pesadilla. Empezó con taquicardias y pruebas médicas que daban resultados normales, sin explicación clara. Después llegaron más síntomas, microdespertares, dolores articulares, cambios de ánimo…Muchos más. Casi todos.Tantos que busqué un listado para orientarme y casi me asusté al reconocerme en un porcentaje altísimo.

Se convirtió en mi obsesión. En mi tema recurrente. En la conversación que repetía una y otra vez buscando una solución desesperada. Sabía que para algunos era antilibido escucharme hablar de ello pero aun así mi marido y mis amigos me sostuvieron con paciencia infinita.

Pensaba que no acabaría nunca. Que no podría llevar una vida familiar y profesional normal. Leí decenas de libros. Me enfrenté a relatos antiguos cargados de miedo que dibujaban décadas de insomnio, sudores y carácter irreconocible. Hubo quien me dijo que no parecía la misma. Y quizá era cierto. Porque estaba atravesando una transformación profunda.

Decidí actuar. Sin hormonas por convicción personal me apoyé en suplementos, ajusté mi alimentación aumentando proteína (80%), y otro 20% entrené fuerza, caminé más, hice yoga, pilates, probé acupuntura. Fui construyendo mi propio mapa de salida.

Ahora, meses después, me siento francamente bien. La mayoría de los síntomas han desaparecido. Duermo mejor. Sigo cuidándome. Y, sobre todo, he entendido que de esto también se sale.

Escribo para quien esté en mitad del proceso. Para mi amiga Gema y para tantas mujeres que lo viven en silencio creyendo que es el fin de la cordura. No lo es. Es una etapa. Un tránsito. Un reajuste. Un 15% lo pasa sin apenas notarlo. El resto necesitamos comprensión, conversación y apoyo.

Gracias a quienes acompañan. Porque vivirlo juntas cambia completamente la historia. Aquí estoy por si a alguna os puedo resultar útil tanto en el acompañamiento profesional como en el personal siendo un rayo de esperanza necesario.

NO CREEMOS A LAS VÍCTIMAS

Son demasiados casos para no reflexionar sobre ello, la violencia sexual  contra las mujeres y niñas.  Y curiosamente a la vez no puedo evitar la imagen de Cercei Lannister recorriendo ese incomparable marco de Dubronik al grito de “Vergüenza”. 

Son muchas las discusiones recientes, sorprendentemente con mujeres, sobre el asunto de la veracidad del relato de las cada vez más valientes víctimas y por qué a veces preferimos agarrarnos a datos irrelevantes para negarlo que solo apoyan la existencia de estas aberrantes historias. 

La ciencia nos dice que nos cuesta creer a una víctima porque nuestro cerebro no busca justicia, busca coherencia y seguridad. Cuando escuchamos un relato de agresión, la amígdala detecta amenaza y el sistema nervioso pide cerrar el tema cuanto antes. Creer implica aceptar una verdad incómoda, esto puede pasar cerca, esto puede pasarme a mí, esto puede estar dentro de mi círculo.

La primera trampa es el sesgo del mundo justo. Si el mundo es justo, la mente respira. Si no lo es, la mente se inquieta. Por eso aparece la pregunta envenenada, qué hizo para que le ocurriera. No es lógica, es regulación del miedo.

La segunda trampa es el efecto halo. Carisma, atractivo, fama, éxito. Nuestro cerebro asocia señales positivas con bondad moral. En neurociencia es un atajo de ahorro cognitivo. En neuromarketing es el mismo mecanismo que hace que confiemos en una marca solo por su estética. En política, en empresa y en medios, se usa como neuroestrategia para blindar reputaciones.

La tercera trampa es el mito de la víctima perfecta. Esperamos un relato lineal, sin dudas, sin contradicciones, y una conducta ideal. El trauma rara vez se comporta así. Bloqueo, disociación, vergüenza y memoria fragmentada son respuestas frecuentes, pero socialmente se leen como sospecha.

Y luego está el coste social. Sobre todo para ala víctima. Creer a una víctima nos obliga a tomar partido, y tomar partido puede romper familias, equipos y comunidades. Para evitar ese precio, la mente elige neutralidad, que en realidad es apoyo al statu quo.

Si quieres una regla simple que nos ayude, aquí va. Cuando te entre la duda, no preguntes por qué no denunció antes. Pregunta qué necesita ahora, para estar a salvo, y para recuperar el control.

DE OBRAS PARA LA OCASIÓN

No puedo evitar escribir estas proféticas palabras cuando, como espero que muchos, paseo por cualquier ciudad española. Aprovecho que ya ha empezado la cuenta atrás para las próximas elecciones municipales para advertir sobre un fenómeno recurrente,las obras para la ocasión.

En las emergencias recientes, incendios, accidentes ferroviarios, inundaciones, hemos visto a todos los niveles de la administración lo mismo y sus consecuencias. El mantenimiento y la prevención no son el fuerte de nuestros gobernantes, porque dicho por ellos mismos, eso no da votos.

Y seguro que somos tan necios que nos deslumbrarán las obras que llevan años sin hacer y los desperfectos que llevan años sin reparar. De pronto, en los últimos meses antes de votar, aparece el brillo. Y ese brillo basta para revalidar el título sin más.

Luego llega el guion conocido. En el primer año suben impuestos y sueldos. En los dos siguientes se vive de rentas, paseos y discursos. Y en el tercero vuelven la prisa. Empiezan obras en los lugares donde más conviene, aunque sean reiteradas o incluso innecesarias además de molestas.

Todo para rematarlas dos semanas antes de sacar las urnas y dejarnos una prueba a la vista que nos facilite justificar la comodidad de no cambiar nada.

Pero este sistema, tal y como está, lo sostenemos nosotros. Así que cuando falte mantenimiento y ocurran desgracias y las lamentemos, no busquemos solo culpables ni nos dejemos dirigir para que recaiga en los otros. Sin perder de vista la responsabilidad de quienes gobiernan, no perdamos de vista la nuestra.

Porque si premiamos el maquillaje y castigamos la prevención, acabaremos viviendo en un país que arregla lo visible donde da votos y abandona lo esencial.

NO ERES TUS EX

Presumir de haber sido algo en la vida como si eso bastara para definir quién eres hoy habla más de nostalgia que de identidad. Ya sea ex pareja, ex político, ex directiva o ex cualquier cosa, quedarse anclado en ese título solo indica que no has soltado del todo lo que fue.

Ser “ex” es haber cerrado una etapa, pero vivir desde ahí es habitar el recuerdo en lugar del presente. Es caminar mirando hacia atrás sin avanzar, o avanzar arrastrando un peso que no te deja cruzar con libertad hacia lo que sí puede ser.

Cuando hombres y mujeres no pueden evitar hablar de quienes fueron o de lo que tuvieron, sin asumir el presente, lo único que consiguen es quedarse atrapados en una orilla donde no suman y no construyen.

Opinar desde el pasado, sin responsabilidad actual ni implicación en lo que viene, es una forma de estancarse y de negar la oportunidad de construir algo nuevo y real.

Libérate de tus ex, deja que hablen por ti los hechos, no los títulos antiguos. Deja constancia de lo vivido, sí, pero no conviertas tu currículum en una lista de glorias pasadas.

Solo así te harás espacio para escribir un futuro que no se parezca a lo que ya fue.

A pesar de que vivas económicamente de ello y de que creas que no puedes hacer nada más, bloquea.

Bloquea ese pensamiento, bloquea ese patrón, bloquea ese relato que no te deja crecer.

Porque el pasado no debe ser una excusa para no reescribirte.

NO ME DIGAS QUÉ PONERME A LOS 50

Estoy harta de los artículos y anuncios que explican qué ponerse a los 50 y qué no. De los artículos que recomiendan cómo cortarte el pelo “según tu edad” y de las revistas que aclaran los años entre paréntesis como si fueran una advertencia. Como si cumplir años necesitara justificación.

Debe ser que voy cumpliendo años y ahora lo veo más claro. Pero lo curioso es que siempre he tenido amigos y amigas de todas las edades y jamás fue un tema de conversación. Nunca nos separó. Nunca nos unió. Nunca fue etiqueta. Era simplemente irrelevante. Lo que importaba era la conversación, la energía, la mirada, el humor compartido.

Nos dicen que el edadismo está en la mente de quienes envejecen. Que es una percepción. No lo creo. Creo que vivimos en un entorno competitivo donde la edad se usa como argumento silencioso. Una forma elegante de descartar sin decirlo. De insinuar que el momento pasó. Que ya no toca. Que hay que hacerse pequeño para encajar.

Pero la edad no es un límite, es un dato. Y solo pesa cuando tú lo aceptas como arma contra ti. Si sientes que tu experiencia incomoda, que tu entusiasmo molesta o que tu presencia estorba, probablemente ese no es tu sitio. No es que sobren años. Es que falta visión.

La madurez no resta, suma profundidad. No quita estilo, lo afina. No apaga sueños, los vuelve más conscientes.

Quizá el verdadero acto de rebeldía hoy no sea parecer más joven. Sea ocupar espacio con la edad que tengas. Vestirte como quieras. Pensar en grande. Y no pedir permiso por existir en cada década que atraviesas. Por lo menos aquí, no. 

CUANDO ESCUCHAR SE CONFUNDE CON DEBILIDAD

Hace poco hice un test online de competencias para identificar fortalezas y áreas de desarrollo, que es como ahora llamamos a las debilidades. En eso hemos avanzado. Lo que no esperaba era el resultado. Me sorprendió para mal la forma en la que la máquina interpretó algo que para mí es casi una regla de vida profesional.

Según los resultados del test, pedir opinión a compañeros y consultar con jefes sería una falta de autonomía y de valentía que debería trabajar. Y ahí me saltó una alarma. Porque si algo he aprendido, en años tomando decisiones sin una figura de jefe o jefa como tal y cuando cada vez el mundo es menos cierto, es precisamente lo contrario. La responsabilidad de decidir no empieza hablando, empieza escuchando. No se trata de delegar la decisión, se trata de tomarla mejor.

Consultar no es inseguridad, es higiene mental, es la valentía de no reconocerte infalible. Es protegerse de los propios sesgos, de la visión única, de la trampa de creer que lo que yo veo es todo lo que hay. Y sobre todo es una forma de inteligencia colectiva. Porque las decisiones que afectan a otros deberían construirse con perspectivas distintas, especialmente con las de quienes no se parecen a ti, no piensan como tú y no te darán la razón por inercia. Eso no quita autonomía para adornar la decisión final, la eleva.

Por eso creo que las IAs pueden ayudar mucho, pero en determinadas cuestiones siguen siendo ayudantes. Útiles, rápidos, brillantes incluso, pero aprendices. Y si se les da más autoridad que criterio pueden dejar fuera del tablero el talento humano que más importa. Pueden convertir respuestas tipo test en diagnósticos simplistas. Pueden conducir, como ya lo han hecho, a errores caros, incluso a decisiones con consecuencias legales y económicas, porque sus alucinaciones no son una anécdota, son un riesgo real.

La lección para mí es clara. La autonomía y la valentía no suponen decidir con tu criterio solo. Es decidir con criterio. Y el criterio se entrena escuchando antes de hablar. 

WALKER S2 Y UNITREE H1, LO HUMANO SE VUELVE EL NUEVO LUJO

Nos estamos acostumbrando a hablar de inteligencia artificial como si ya lo hubiéramos visto todo. Y, sin embargo, lo que viene ahora es otra pantalla distinta. La IA se está poniendo de pie. Literalmente. Modelos como Walker S2, pensados para entornos industriales, y humanoides como Unitree H1 y H1 2, capaces de moverse con una agilidad que hace poco parecía ciencia ficción, anuncian un cambio enorme en el mundo del trabajo. 

Cuando los robots asuman tareas repetitivas, físicamente duras o poco estimulantes, la pregunta ya no será quién trabaja más, sino quién sabe cuidar mejor. Porque la ventaja humana no va a estar en hacer, sino en acompañar. En escuchar. En leer el ambiente de una sala. En contener un conflicto antes de que explote. En sostener a alguien que se ha quedado sin energía o sin fe. Eso no se automatiza con fuerza, velocidad o precisión.

Lo alucinante es que seguimos entrenando a personas para obedecer procesos, no para relacionarse. Y justo lo que más valor tendrá será lo que menos se enseña. Empatía práctica. Presencia real. Capacidad de consolar sin solucionar. Colaboración sin ego. Liderazgo que crea seguridad psicológica para que el talento común aparezca.

En un mundo donde la información es casi accesible a todos, lo que diferenciará a una familia, un equipo o una empresa será su calidad humana. Si los robots trabajan 24 7, nosotros tendremos que aprender a ser mejores en lo único irreemplazable. Hacer comunidad. Cuidar vínculos. Ser refugio y no ruido.

Mientras podemos practicar micro actos de cuidado a diario, una pregunta genuina, una escucha sin interrumpir, un mensaje que reconozca el esfuerzo. Esos gestos elevan la oxitocina y fortalecen la confianza, que es el pegamento del rendimiento colectivo.

CREER EN TI ES UN ACTO REVOLUCIONARIO

Aprovechar un momento privilegiado de foco como la Superbowl para lanzar el mensaje no puede quedar oculto. Creer en uno mismo, repitió Benito y suena fácil. Se dice rápido, se aplaude mucho y se practica poco. Porque una cosa es repetirlo y otra muy distinta es vivir como si fuera verdad. Creer en ti implica exponerte, fallar, volver a empezar y sostener la duda sin salir corriendo. Y eso no siempre es cómodo.

No es casual que muchos negocios y gobiernos se apoyen en el poder y el miedo. El miedo a no ser suficiente, a no estar preparado, a no tener edad, dinero, contactos o legitimidad. Es una herramienta eficaz. Cuando la autoestima se debilita, la acción se paraliza. Y una comunidad paralizada consume, obedece y se conforma, pero no crea ni transforma.

Así se quedan fuera demasiadas personas brillantes. Personas con ideas, sensibilidad y talento que podrían aportar algo valioso al mundo, pero que terminan haciéndose pequeñas en casa porque alguien les convenció de que no era el momento, de que no eran suficientes, de que soñar era ingenuo. Y justo ahora necesitamos más soñadores y menos realistas resignados.

La fe de la que hablamos no es ingenua ni ciega. Nace del amor por los demás y del deseo sincero de mejorar lo común. Y para eso no basta con creer en uno mismo, hace falta además, creer en nosotros. En la cooperación. En que los puntos de vista distintos no estorban, completan. En que los buenos planes y las buenas políticas se llenan de sentido cuando se construyen entre muchos.

Quizá el cambio empiece por una pregunta sencilla. Qué puedo dar. Qué puedo ofrecer. Desde ahí la hoja de ruta cambia. Y cuando cambia desde dentro, el mundo también empieza a moverse.

LO ÚNICO MÁS PODEROSO QUE EL ODIO

No hace falta que te guste el fútbol americano ni el reguetón ni que seas fan de Bad Bunny. Tampoco que seas latino o hables español para entender la importancia de plantar cara al poder cuando actúa con crueldad y desprecio por la dignidad.

Cuando el poder en lugar de conectar separa y enfrenta. Cuando deja cicatrices en niños en mayores en familias enteras y lo hace con todo el despliegue de su frialdad eso exige una respuesta a la altura de la humanidad que defendemos.

Hay momentos en los que alguien encarna todo aquello que fue un sueño. Ese sueño americano que muchos persiguen convertido en realidad en uno de los escenarios más vistos del mundo. Ese maravilloso gesto cargado de simbolismo que compartió con el pequeño Liam Conejo en un tiempo donde el autoritarismo y el miedo vuelven a instalarse como si fuesen necesarios para ordenar el caos, arroja esperanza. 

Y también, poderoso resulta el mensaje cuando elige presentarse ante el mundo con ropa de Zara pudiendo permitirse cualquier marca. Porque hay decisiones que gritan más fuerte que cualquier discurso. Esa elección abraza el poder de la enclothed cognition. La ropa que eliges no solo comunica estilo también cuenta de dónde vienes qué valores defiendes y cómo eliges estar en el mundo.

Cuando todo se alinea en una sola frase “lo único más poderoso que el odio es el amor”,solo queda recordar parte de su letra y no lamentar que” debí tirar más fotos de cuando te tuve y debí darte más besos y abrazos las veces que pude”. Esto es lo urgente mientras todavía podemos hacerlo sin miedo.