Siempre me ha gustado imaginar un mañana mejor.
Un mañana posible, positivo y más humano en todos los campos que me interesan. Esa curiosidad me ha llevado muchas veces a llegar antes que los demás. También me ha convertido, en más de una ocasión, en una incómoda incomprendida.
Porque quien pregunta demasiado, quien imagina alternativas y quien reta lo establecido, suele poner nervioso a quienes viven cómodos en el “siempre se ha hecho así”.
Imaginad eso en el mundo de la política, la administración y la burocracia. Un entorno muchas veces enterrado entre precedentes, procedimientos y miedo al cambio. Allí, una persona curiosa, creativa y empeñada en hacer la vida más fácil a los demás puede parecer una anomalía.
A mí nunca me ha bastado con aceptar que algo funciona mal porque siempre funcionó así.
En esa búsqueda constante llegué al Institute for the Future, una institución dedicada a ayudarnos a navegar la incertidumbre, leer escenarios y prepararnos para rinocerontes grises, cisnes negros y futuros posibles.
Durante años leí, investigué y hablé de prospectiva casi como quien predica en el desierto. Nunca pensé que, tiempo después, mirar el futuro con método se convertiría en una profesión reconocida, necesaria y cada vez más valorada.
Y mientras pensaba en futuros posibles, no podía dejar de mirar otra realidad. Desiertos y orillas llenos de ropa. Montañas textiles enterrando el mundo que dejamos a las nuevas generaciones. Exceso, tóxicos, ansiedad y consumo disfrazado de deseo.
Entonces pensé que podía aportar algo a un universo que siempre me ha apasionado por su creatividad, su capacidad de expresión y su fuerza comunicativa.
De ahí nació CLOCO.
Sé que, una vez más, llego pronto. Sé que todavía quedan muchos carritos por llenar y muchos armarios por desbordar antes de que entendamos que no podemos seguir llenando vacíos con perchas y etiquetas.
Pero esta vez os pienso esperar.
No sentada.
Perchas a la obra.
En la Comunidad CLOCO.





















