Hoy es imposible no pensar en Noelia. Es infinitamente triste y desgarrador que una persona tan joven quiera morir. Lo es aún más saber que ha atravesado experiencias tan crueles que la han llevado hasta ese límite. Y resulta indignante que como sociedad no hayamos sido y sigamos sin ser capaces de proteger a nuestras generaciones de depredadores sexuales, abusos y violencias que dejan heridas imposibles de medir desde fuera.
También me parece infinitamente justo que cada persona, en plenas facultades y sin coacciones, pueda decidir si quiere o no seguir viviendo.
Yo, al menos, no me siento en posición de juzgar ni de decidir que alguien deba permanecer aquí en contra de su voluntad. Por duro, por incómodo y por insoportable que nos resulte pensarlo, seguimos mirándolo desde un lugar que no es el suyo. Desde nuestra biografía, nuestros miedos, nuestras creencias y nuestras soluciones imaginadas.
Pensamos en remedios que quizá nos servirían a nosotros si estuviésemos en su situación, pero no somos ella. No hemos vivido su cuerpo, su memoria, su desesperación ni el desgaste de ver obstaculizada durante tanto tiempo una decisión tan extrema y tan meditada. Hay quien cree que nunca es suficiente. Hay quien exige más espera, más pruebas, más resistencia. Pero a veces esa exigencia no es prudencia. Es distancia.
Lo más terrible no es solo que alguien llegue a pedir libremente el final. Lo más terrible es que muchas veces solo entonces nos alarmemos. Como si antes no hubiéramos visto nada. Como si el verdadero escándalo fuera su decisión y no todo lo que la hizo imaginable.
Hay sufrimientos que no necesitan juicio. Necesitan verdad, compasión y respeto.





















