El fútbol siempre da para mucho. Tiene tantos seguidores, en tantos países, mueve tanto dinero y se convierte en espejo de tantos niños y cada vez más niñas que casi nada de lo que ocurre en él queda en el anonimato.
El partido de ayer y su análisis técnico se lo dejo a los entendidos y para el bar. A mí, hasta ahora, este Mundial me deja pensando en dos cuestiones que van mucho más allá del fútbol.
La primera es cómo la mala política, haciendo uso de la “rana hervida” está impregnando el mundo democrático para mal. Hasta el punto de que una tarjeta roja en un partido pueda acabar convertida en objeto de presión, revisión interesada o reinterpretación oportunista. Siempre me acuerdo de la gente que no sabe perder y que, cuando no le convienen las reglas, inventa otras nuevas hasta agotar a los demás e imponerse. Como en aquel anuncio de Scattergories en el que, si no aceptabas que el pulpo fuera animal acuático porque lo decía el dueño del juego, este se lo llevaba directamente al terreno de lo indiscutible.
Lo que parece inofensivo o incluso gracioso es profundamente peligroso en democracia. Las reglas que nos damos y acordamos están para evitar que la inseguridad jurídica campe a sus anchas o a las de quien gobierna. Cuando se aceptan excepciones interesadas, cuando el poder decide que hoy esto vale y mañana no, el mundo se vuelve un caos útil solo para quienes tienen más fuerza, más tecnología, más capacidad de imponer su voluntad. Ahí ya no manda el derecho, manda el poder. Y eso siempre da escalofríos.
La segunda cuestión me la dejó la imagen final de Cristiano Ronaldo recorriendo el campo entre lágrimas y gestos de decepción. Y me hizo pensar si realmente valoramos a quienes hacen un esfuerzo descomunal por ser los mejores en su ámbito. Personas que viven bajo una disciplina constante, bajo una exigencia brutal, y a las que luego pedimos, además, una falsa modestia para que no incomoden.
Quizá no soportamos bien la grandeza ajena cuando nos recuerda el precio que tuvo para quien la alcanzó. Quizá confundimos carisma con arrogancia, ambición con soberbia, pasión con exceso. Y, sin embargo, somos nosotros mismos quienes convertimos en ídolos a quienes admiramos por haberlo dado todo.
A veces da la impresión de que solo aceptamos el legado cuando llega domesticado. Cuando ya no molesta. Cuando ya no compite. Cuando ya no duele.
Pero quien ha tenido la suerte de vivir su dedicación con pasión de verdad probablemente prefiera morir con las botas puestas antes que colgarlas cubierto de vítores y honores sin haberlo dado todo.
Y quizá ahí también haya una lección incómoda para todos.
No solo sobre el fútbol.
También sobre las reglas, el poder, la excelencia y nuestra dificultad para convivir con quienes no se resignan a ser menos de lo que pueden ser.




















