Vivimos en la era del sonajero.
Mientras deberían gobernar, nos distraen.
Mientras deberían rendir cuentas, nos entretienen.
Y mientras deberían trabajar para todos, solo se esfuerzan en dominar el relato.
Hoy, cualquier hecho se disuelve con una buena historia. Lo que importa no es lo que dice el BOE, sino lo que logres contar antes de que otro lo cuente. La política ha dejado de ser gestión para convertirse en puro espectáculo.
Y nosotros, espectadores sobreestimulados, caemos una y otra vez.
Nuestra capacidad de atención es limitada y lo saben. Lo estudian.
Un titular, un vídeo indignante, una frase provocadora…
Y como niños, giramos la cabeza hacia donde nos enseñan el sonajero.
Nos despistan, nos enfrentan y mientras discutimos en redes, ellos esquivan sus responsabilidades.
Gobernar es complejo, pero desviar la atención es simple. Solo requiere conocer bien nuestras emociones y ofrecer carnaza a una audiencia hambrienta de explicaciones simples para problemas complejos.
La verdadera distopía no es que nos engañen.
Es que a veces preferimos el sonajero a asumir nuestra parte de responsabilidad.
Que no nos dominen por donde miramos.
Que no nos distraigan del deber de exigir.
Y que no olvidemos que quien renuncia a pensar por sí mismo acaba repitiendo lo que otros dicen.




















