Es alucinante la desconexión que se ha producido entre los hechos y sus causas, o quizá peor todavía, la facilidad con la que se fabrican conexiones interesadas para que parezca evidente lo que solo conviene que creamos.
Ya casi dan igual las fuentes porque preferimos mirar donde queremos mirar y tatuarnos nuestros sesgos de confirmación antes que dar el brazo a torcer y reconocer algo incómodo.
Que demasiadas veces todos hacen lo mismo.
Retuercen las palabras cuando les conviene, tergiversan la realidad cuando les favorece e intentan convencernos de que algo no está pasando aunque lo tengamos delante.
O de que algo terrible pasará mañana solo porque la relación entre causa y efecto parece plausible si se agita lo suficiente el miedo y la rabia.
Antes, al menos, teníamos que abrir Google, leer unas cuantas entradas, comparar versiones y comprobar si aquello de lo que hablábamos tenía algo de verdad.
Ahora basta con acudir a una fuente que incluso podemos tener como contacto en WhatsApp para que nos haga un resumen rápido, cómodo y perfectamente alineado con lo que ya queríamos pensar.
Un resumen que no nos obliga a contrastar nada, ni a incomodarnos, ni a mirar al otro lado.
Y lo hacemos sin reparar demasiado en quién entrena esas máquinas, cuáles son sus sesgos, cuáles son sus intereses y qué visión del mundo están colocando delante de nuestros ojos.
Mientras tanto, nos entretienen con el cacareado fin del mundo, como si viviéramos ya dentro de una distopía cibernética que hemos visto demasiadas veces en la ficción.
Quizá el problema no sea que las máquinas acaben con nosotros de golpe.
Quizá sea que nos acostumbremos a pensar menos.
A contrastar menos.
A escuchar menos.
Poco a poco nos han hecho alérgicos a la incomodidad de pensar con otros.
Hemos empezado a creer que la diversidad de opiniones es el origen del ruido y de las disputas, como si el problema fuera que haya muchas voces y no que cada vez escuchemos peor.
Como si el pecado original hubiera sido disentir.
Como si la democracia fuese una molestia llena de interrupciones, procedimientos, matices y personas opinando cuando lo verdaderamente eficaz sería que alguien pulsara un botón y nos ahorrara la incomodidad de pensar juntos.
Así se acaba primero con los matices, después con los partidos distintos, luego con las instituciones incómodas y finalmente con la conversación.
Porque tantas opiniones parecen una jaula de grillos, tanta discrepancia cansa y tanta complejidad molesta.
Y en todos los ámbitos estamos virando hacia la fantasía del botón atómico o del teléfono rojo, deseando que este ruido se acabe aunque ese silencio consista en que solo uno mande y los demás no tengamos más legalidad que obedecer.
El problema es que nos están convenciendo de que pensar distinto es una amenaza, cuando en realidad es una de las pocas garantías que nos quedan para no confundir orden con sumisión, eficacia con autoritarismo y silencio con paz.




















