A veces el urbanismo de las ciudades me recuerda al cuento de los tres cerditos. No por la ingenuidad del relato, sino por la sensación de que todo depende de qué cerdito seas y de dónde hayas construido tu casa. Según el barrio, los votos, la normativa que toque aplicar o según el momento, tu vivienda puede ser de paja, de madera o de ladrillo. Y el lobo siempre llega.
El lobo, en este caso, no viene del bosque. Viene del Ayuntamiento, armado con ordenanzas, expedientes, requerimientos y sanciones. Decide soplar y soplar hasta tirar una terraza, un cerramiento o una mejora que, en muchos casos, no pone en riesgo la seguridad de nadie y que incluso aumenta la calidad de vida de quienes viven allí. Pero la norma dice que no, y cuando la norma dice que no, la que sin embargo para otros si cambian, soplar parece convertirse en una obligación casi deportiva.
Todo se hace en nombre de la función social de la propiedad. Un concepto jurídicamente impecable y necesario, pero que a veces se aplica con más entusiasmo que sentido común. Llegan cartas certificadas, amenazas de multa, anotaciones en el registro de la propiedad, plazos imposibles. Durante meses, incluso años, el vecino vive estresado pendiente de un expediente que pesa más que el sentido común de la propia obra.
Lo curioso es que esa misma energía rara vez aparece cuando los problemas son otros. Cuando hay ruidos, inseguridad, suciedad, abandono o conflictos vecinales que afectan de verdad a la convivencia, la maquinaria parece moverse más despacio. Como si soplar fuera más fácil que arreglar.
Y así, en este cuento moderno, no siempre gana el cerdito más prudente. Gana el que tuvo la suerte de construir donde el lobo decide no soplar.





















