En una gran empresa tecnológica de Bangalore trabajaba Meera, una joven ingeniera recién incorporada. Era brillante, curiosa y trabajadora. Llegaba antes que nadie, aprendía rápido y siempre estaba dispuesta a ayudar a sus compañeros.
Su responsable observaba todo aquello. Veía cómo resolvía problemas complejos, cómo aportaba ideas útiles y cómo cada proyecto en el que participaba terminaba siendo mejor gracias a ella. Sin embargo, nunca le decía nada.
No era porque estuviera descontento. Todo lo contrario.
Simplemente pensaba que no hacía falta.
Si algo salía mal, encontraba tiempo para comentarlo. Si algo salía bien, asumía que era su obligación.
Pasaron los meses.
Una mañana, Meera pidió una reunión y presentó su renuncia.
Sorprendido, el director le preguntó por qué.
Ella bajó la mirada unos segundos antes de responder.
—Creo que no aporto demasiado valor aquí.
Aquellas palabras le golpearon con fuerza.
Era exactamente lo contrario de lo que pensaba.
Aquella noche recordó una historia que le contaba su abuela cuando era niño. Un rey enviaba cartas a sus mejores generales después de cada victoria para agradecerles su trabajo. Con los años dejó de hacerlo porque pensó que todos sabían cuánto los valoraba.
Los generales siguieron luchando durante un tiempo. Pero poco a poco comenzaron a preguntarse si sus esfuerzos importaban realmente.
No abandonaron por falta de talento.
Abandonaron por falta de señales.
Entonces comprendió algo que ningún MBA le había enseñado.
Quiero compartir este cuento porque de todos los años de coaching que he podido disfrutar uno de mis aprendizajes más útil y necesario ha sido entender que el feedback no existe únicamente para corregir errores. Existe para reforzar comportamientos, desarrollar confianza y ayudar a las personas a reconocer sus fortalezas.
Especialmente en los más jóvenes, que todavía están construyendo la imagen que tienen de sí mismos.Porque cuando alguien hace algo mal y nadie se lo dice, pierde una oportunidad para mejorar.
Pero cuando alguien hace algo bien y nadie se lo reconoce, pierde una oportunidad para creer en sí mismo.
Y pocas inversiones generan más retorno en un equipo que detenerse un minuto y decir con sinceridad, “Lo has hecho bien. Sigue por ahí”.
A veces una frase así cambia una carrera y en ocasiones, una vida entera.




















