Como me pasé la pandemia cuidando y llamando, no necesité inventarme ningún entretenimiento para llenar el tiempo. Seguí así durante años, hasta mi descubrimiento bastante reciente.
Mi momento hormonal más salvaje me trajo noches de imaginaria, días de bajón, una tristeza radical, muy poca energía y un diálogo interior francamente preocupante. Nada de lo que hasta entonces me había funcionado, nada de lo que me ayudaba a llevar una vida saludable y a sentirme en forma, conseguía ya apagar ese rumiar constante e insufrible.
Y entonces, casi sin buscarlo del todo, llegué a la cocina. Empecé tratando de cuidar más mi alimentación, de comer más proteína y mejor. Hasta ese momento, mi cocina había sido de supervivencia. Sin demasiada ambición, sin grandes pretensiones y con sota, caballo y rey para no complicarme demasiado.
Pero descubrí algo que no esperaba. La cocina, más que la meditación, más que el yoga y más que el deporte, era lo que conseguía parar en seco mi diálogo interior. Seguir una receta, prestar atención a los ingredientes, pensar cómo mejorarla, probar, corregir, volver a intentar. Todo eso empezó a regalarme un espacio de calma que no estaba encontrando en otros sitios.
Le agradezco muchísimo a todas las personas que comparten recetas en redes, porque me abrieron un mundo nuevo. Uno delicioso, creativo y profundamente reparador. Ahora tengo incluso un público en casa que me celebra los experimentos y decide conmigo qué país del mundo pasará por nuestra mesa cada día. Y en menos de un año he llegado a tener hasta un soplete para mis tallarines con atún rojo y mayonesa de kimchi.
Además, aprender algo nuevo siempre tiene un regalo añadido. Obliga al cerebro a salir de la inercia, a crear conexiones nuevas y concentrarse en el presente. A veces no solo aprendemos una habilidad. También le damos a nuestra mente un lugar mejor en el que quedarse.
Estoy segura de que todos podemos seguir probando cosas nuevas para alimentar la mente y el espíritu. No descartes nada.
Yo, desde luego, ya no descarto ni mi estrella Michelin.
Aunque haber conseguido parar mi mente vale bastante más.
¿Y tú qué vas a empezar a probar hoy?





















