En una gran empresa, Elena dirigía uno de los equipos más importantes. Era buena tomando decisiones difíciles, pero había algo que conseguía sacarla de su centro. Uno de sus colegas había descubierto exactamente qué palabras utilizar para provocarla.
En las reuniones cuestionaba sus decisiones con ironía. Interrumpía. Dejaba caer comentarios ambiguos. Elena siempre respondía. Y cuanto más intentaba demostrar que tenía razón, más terreno ganaba él.
Un día, después de una reunión especialmente tensa, una mujer que había sido su mentora durante años la invitó a pescar.
Lanzaron las cañas y esperaron.
—Hay peces que muerden cualquier cosa que se mueve —le explicó—. El pescador no necesita perseguirlos. Solo tiene que conseguir que reaccionen.
Elena comprendió inmediatamente.
—Entonces ¿debo quedarme callada?
—No. Debes aprender a distinguir entre responder y reaccionar. No entrar en una provocación no significa permitirlo todo. Puedes poner un límite, desmontar una mentira o defender una decisión. Pero debes hacerlo porque tú decides hacerlo, no porque alguien haya conseguido pulsar el botón adecuado.
En la siguiente reunión volvió la provocación.
Esta vez Elena esperó unos segundos.
—Si tienes una objeción concreta, estaré encantada de escucharla. Si no, continuemos.
Y continuó.
No hubo discusión. No hubo espectáculo. El anzuelo cayó al agua, pero nadie mordió.
Con el tiempo, las provocaciones disminuyeron. Habían dejado de ser eficaces.
Porque Elena había descubierto una de las formas más difíciles de poder personal: que otra persona pueda elegir sus palabras no significa que pueda elegir tu reacción.
A veces confundimos fortaleza con responder a todo. Yo cada vez creo más que hay batallas que no se ganan derrotando al otro, sino impidiendo que el otro decida dónde, cuándo y cómo vamos a luchar.
Quizá la verdadera libertad empieza cuando dejamos de morder todos los anzuelos que alguien lanza delante de nosotros.
Aruca Gómez





















