Muchas veces las cosas solo pasan en nuestra cabeza y no en la realidad. Incluso cuando vemos o escuchamos algo, eso no significa que estemos llegando todos al mismo lugar. La realidad no entra limpia en nosotros. Pasa por nuestros recuerdos, nuestras heridas, nuestras emociones, nuestros miedos y nuestras expectativas. Y así vamos dibujando un mapa propio que no siempre coincide con el terreno.
Por eso tenemos una responsabilidad enorme sobre cómo interpretamos lo que vivimos. Sobre lo que pensamos sin contrastar. Sobre lo que damos por hecho. Sobre las historias que completamos solas con muy pocos datos y mucha emoción. No se trata de culpabilizarnos, sino de intentar que esa explicación que nos damos juegue a nuestro favor y no siempre en nuestra contra.
También conviene entrenar la mente para que admita algo bastante humano. Que inventa. Que presupone. Que rellena huecos. Que muchas veces concluye antes de preguntar. Y que quizá, si fuésemos un poco más proactivos para indagar, hablar y contrastar, podríamos arrojar mucha más luz sobre lo que pasa fuera y bastante más calma sobre lo que pasa dentro.
Porque la felicidad no creo que esté solo en los placeres de la vida, aunque convenga disfrutarlos y nutrirnos de experiencias gratas. Para mí también está en poder estar a solas y en silencio sin que eso se convierta en una tortura. En disfrutar de la propia calma. En no necesitar tanto ruido para no escucharnos.
Desde ahí también se afina la mirada. Prestamos más atención a lo que sentimos, a lo que vemos, a lo que olemos, a lo que saboreamos. Y empezamos a comprender mejor cómo fabricamos tantos pensamientos que solemos dejar salir en automático.
Traigamos un poco de presente a nuestro presente. Dejemos el futuro para cuando llegue y el pasado para aprender y seguir.
Y mientras tanto, miremos con atención nuestro mapa.





















