En un pequeño pueblo, los vecinos se reunían todos los domingos en la plaza para hablar de los problemas que tenían y de cómo podrían solucionarlos.
—Hay que arreglar la carretera —decía uno.
—Hay que conseguir que los jóvenes no se marchen —añadía otro.
—Hay que hacer algo con las casas abandonadas —insistía una mujer.
Todos parecían tener muy claro lo que había que hacer y, sobre todo, lo que deberían hacer los demás.
Las reuniones terminaban siempre igual. Con muchas propuestas, algunas discusiones y la sensación de haber dedicado la mañana a algo importante.
Pero la carretera seguía llena de baches, los jóvenes continuaban marchándose y las casas estaban cada vez más deterioradas.
Un domingo, Teresa, una vecina que llevaba años escuchando las mismas conversaciones, decidió hacer algo diferente.
Cuando alguien dijo que había que recuperar la antigua escuela, preguntó quién quería encargarse de hablar con el Ayuntamiento.
Nadie respondió.
Cuando otro propuso organizar actividades para los jóvenes, preguntó quién estaba dispuesto a dedicarle unas horas a la semana.
De nuevo, silencio.
Teresa cogió una libreta y comenzó a apuntar las propuestas junto al nombre de quien se comprometía a llevarlas adelante.
Al terminar la reunión había doce propuestas y ningún responsable.
—Pues habrá que hacer algo —dijo uno de los vecinos.
Teresa cerró la libreta.
—Eso llevamos diciendo veinte años.
Al domingo siguiente no hubo reunión. Teresa y otros dos vecinos estaban limpiando la antigua escuela.
Un mes después, varios jóvenes habían organizado allí su primera actividad.
No habían solucionado todos los problemas del pueblo, pero habían conseguido algo que llevaba años sin ocurrir.
Que alguien hiciera algo.
A veces pienso en la cantidad de tiempo que dedicamos a explicar lo que está mal, lo que deberían hacer los demás y lo fácil que sería solucionarlo si alguien nos hiciera caso.
Quejarse no es necesariamente malo. Nos ayuda a identificar problemas. Lo preocupante es cuando confundimos señalar lo que falta con haber hecho nuestra parte.
Y quizá lo más cómodo del «hay que» sea precisamente que no tiene sujeto, ni responsable, ni fecha de cumplimiento.
¿Cuántas veces has dicho «hay que» cuando en realidad podrías haber dicho «voy a hacerlo»?

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