Se nos avecinan los juegos del hambre.
Si lo que alimentaba nuestra mente en política ya eran frases básicas, insultos incluidos, consignas repetidas y muy poco interesante que aportar, estos días en los que parecía que la vivienda podía abrir una conversación algo más seria han durado poco.
Volvemos a la escasez intelectual y propositiva.
Ya les gustaría a muchos que estos más de cincuenta días se redujeran a un circuito cerrado, lejos de nuestras vidas, nuestras televisiones y nuestras radios. Pero no tendremos esa suerte.
Ahora veremos qué discursos son capaces de articular para resultar atractivos y útiles sin recurrir siempre a lo mismo. Al miedo, al enemigo, al insulto, a la sospecha y a esa vieja costumbre de colocar a unos contra otros para no explicar casi nada.
Porque para aprovechar la polarización habrá que repartir bien los papeles. Estarán los ungidos con la divinidad necesaria para parecer presidenciables, medir cada frase y no decir demasiadas burradas.
Y estarán también los voluntarios. Los que pasarán los próximos días vomitando conspiraciones, mentiras, exageraciones, insultos y ruido para que nadie se mueva de su esquina del ring.
El secreto es movilizar.
Y parece que en ningún momento han pensado que eso pueda hacerse con algo positivo. Con propuestas. Con inteligencia. Con una conversación adulta sobre los problemas reales.
Así que ya están servidos los juegos del hambre. No para alimentar el debate público, sino para dejarlo aún más seco, más pobre y más dependiente del espectáculo.
A quienes sí movilizarán será a todos esos ejércitos que cada partido tiene a sueldo, de forma directa o indirecta, para conseguir que entren pocos en cartel y que los demás nos limitemos a mirar, indignarnos y elegir bando.
Como si gobernar consistiera en sobrevivir al ruido que uno mismo provoca.
¿Qué pasaría si algún día nos negáramos a aplaudir el espectáculo y exigiéramos algo más que miedo para movilizarnos?


