NUESTRAS CICATRICES 

La gente me mira raro cuando digo que me gustan las cicatrices, que las que tengo no las oculto ni las quiero borrar y que las que veo en los demás me cuentan mucho de ellos. Son la reconstrucción de algo que se ha roto, desgastado o que no funciona y, de repente, se pone en marcha para recordarte que muchas cosas merecen una segunda oportunidad.

Lo que se rompe, se desgasta o envejece en la porcelana, los japoneses lo arreglan con oro y lo consideran un arte que merece una reflexión.

Acostumbrados al consumismo ansioso en el que estamos sumidos, ya no nos deshacemos solo de lo que no funciona, se deteriora o se rompe, sino también de lo que no nos gusta. Lo hacemos lo antes posible y sin pestañear, aunque lo hayamos adquirido ese mismo día.

Este hábito, que parece inocuo, lo acabamos trasladando a otros campos de nuestra vida en los que, incluso cuando son personas, el uso es el mismo. No reparamos en lo que fue, en lo que nos proporcionó, en el respeto que su contribución, su conocimiento y su experiencia aportaron.

Preferimos apartar todo lo que no nos produce un placer inmediato, requiere algún esfuerzo o ya no nos es útil. Casi sin darnos cuenta, hemos perdido el respeto por el otro cuando ya no nos sirve.

Yo, para que este hábito no me atrape sin darme cuenta, he decidido volver a recuperar todo lo que se me rompa y tenga posibilidad de ser reparado. El otro día lo hice con un plato de decoración, recordando el kintsugi, sin oro por supuesto, pero ese simple acto reflexivo de buscar pegamento y hacerlo, repetido después con un mortero de piedra que cayó al suelo, me proporcionó una satisfacción difícil de explicar y ha hecho renacer en mí una consciencia que casi había perdido.

¿Cuántas cosas, y cuántas personas, estamos desechando demasiado pronto?

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