EL INVITADO INVISIBLE

Clara dirigía una empresa y tenía fama de ser una mujer difícil de convencer. Cuestionaba las propuestas de sus colaboradores, pedía datos, discutía las conclusiones y rara vez aceptaba una opinión sin contrastarla.

Sin embargo, llevaba meses sintiéndose cada vez más tensa, irritable y preocupada por asuntos que antes apenas le interesaban.

Una tarde, durante una cena con amigos, comenzó a defender con vehemencia una afirmación que había leído aquella mañana en su teléfono.

—¿Y cómo sabes que eso es cierto? —le preguntó una amiga.

—Lo he leído varias veces.

—¿Y a quién se lo has preguntado?

Clara se quedó callada.

Su amiga, que era psicóloga, le propuso un pequeño experimento.

—Imagina que mañana entra en tu despacho un desconocido y te dice que tu empresa está al borde del desastre, que tus colaboradores te engañan y que todo va a empeorar. ¿Qué harías?

—Le pediría que se identificara, que aportara pruebas y probablemente le invitaría a marcharse.

—Pues esta mañana has dejado entrar a varios desconocidos que te han dicho cosas parecidas sobre el mundo. Y no les has pedido absolutamente nada.

Clara miró su teléfono, que descansaba sobre la mesa.

—La diferencia —continuó su amiga— es que ninguno ha tenido que mirarte a los ojos, escuchar tus preguntas ni defender sus afirmaciones. Han entrado directamente en tu cabeza mientras desayunabas.

Aquella noche, Clara revisó las publicaciones que había leído durante el día. Descubrió cuántas le habían provocado miedo, indignación o desconfianza sin que hubiera dedicado un minuto a comprobarlas.

Al día siguiente no dejó de utilizar las redes sociales. Simplemente empezó a tratar a sus mensajes como trataría a cualquier desconocido que llamara a su puerta.

Me sorprende que hayamos aprendido a defender nuestras ideas frente a quienes tenemos delante y, sin embargo, permitamos que tantos mensajes anónimos atraviesen nuestras defensas como un cuchillo en la mantequilla.

Quizá parte de la tensión que acumulamos no proceda de lo que vivimos, sino de todo aquello que dejamos entrar en nuestra cabeza sin discutirlo siquiera.

¿Por qué exigimos explicaciones a quienes conocemos y concedemos tanta credibilidad a quienes ni siquiera sabemos quiénes son?

Aruca Gómez

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