En una pequeña ciudad de la India, los comerciantes tenían una costumbre que había sobrevivido durante generaciones. Dejaban sus mercancías en la puerta de sus establecimientos y, cuando necesitaban ausentarse, los vecinos atendían a sus clientes. Nadie llevaba cuentas de aquellos favores porque todos sabían que, tarde o temprano, necesitarían ayuda.
La ciudad prosperaba. No era especialmente rica ni tenía grandes recursos, pero las personas podían dedicar su tiempo a trabajar, crear y construir en lugar de vigilarse unas a otras.
Un día, una comerciante descubrió que alguien le había robado varias piezas de seda. La noticia recorrió el mercado y pronto comenzaron las sospechas.
Algunos instalaron cerraduras. Otros dejaron de prestar mercancías. Los comerciantes empezaron a exigir garantías por adelantado y los vecinos dejaron de ayudarse por miedo a que alguien pudiera aprovecharse de ellos.
Nadie sabía quién había cometido el robo, pero todos empezaron a comportarse como si cualquiera pudiera ser el ladrón.
Con los años, el mercado se llenó de vigilantes, contratos y controles. Las transacciones tardaban el doble, los pequeños comerciantes no podían asumir tantos gastos y los jóvenes encontraban cada vez más dificultades para abrir sus negocios.
Una mañana, una niña preguntó a su abuela por qué antes había tantas tiendas y ahora quedaban tan pocas.
—Porque alguien robó unas telas —respondió la anciana.
—¿Y robó también todas las tiendas?
La mujer sonrió con tristeza.
—No. Las tiendas las fuimos perdiendo nosotros mientras intentábamos protegernos unos de otros.
La niña permaneció pensativa.
—¿Y encontraron al ladrón?
—Nunca. Pero conseguimos que todos pagaran por lo que hizo uno.
A menudo olvidamos que la confianza es una de las infraestructuras invisibles sobre las que se construye una sociedad. Cuando desaparece, necesitamos más controles, más recursos y más tiempo para conseguir exactamente lo mismo.
Y lo más preocupante es que, cuando dejamos de confiar, no solo nos protegemos de quienes podrían perjudicarnos. También cerramos la puerta a quienes podrían ayudarnos.
¿Cuántas oportunidades estás perdiendo por tratar a las personas como si tuvieran que demostrarte primero que no van a defraudarte?

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