EL PRECIO DE LA SOSPECHA

Andrés llevaba años trabajando en una empresa en la que había ocupado distintos puestos de responsabilidad. Conocía bien la organización, a sus compañeros y buena parte de las decisiones que habían permitido hacerla crecer.

Sin embargo, desde que había dejado de formar parte del comité de dirección, todo le parecía sospechoso.

Si se convocaba una reunión sin él, pensaba que estaban tramando algo. Si se retrasaba una decisión, imaginaba intereses ocultos. Si alguien recibía un ascenso, buscaba inmediatamente qué favor habría hecho para conseguirlo.

Cada mañana llegaba al trabajo dispuesto a descubrir lo que los demás pretendían esconderle.

Una tarde visitó a su hermana, que acababa de mudarse a una casa junto al mar. Mientras conversaban en la terraza, Andrés observó que un vecino llevaba varios minutos mirando hacia su jardín.

—Ese hombre no deja de vigilarte —comentó.

—Está esperando a que aparezca su gato. Se escapa por mi jardín todas las tardes.

Poco después, vio a otro vecino fotografiando la fachada.

—¿Y ese? ¿No te molesta que haga fotografías de tu casa?

—Es arquitecto. Le gustó cómo restauramos las ventanas y me pidió permiso para fotografiarlas.

Andrés sonrió, algo avergonzado.

—Parece que todo tiene una explicación.

—Todo tiene muchas explicaciones —respondió su hermana—. Lo curioso es que tú siempre eliges primero la que te hace sufrir.

Aquella frase le incomodó.

—Cuando vivías aquí —continuó ella—, conocías a los vecinos, participabas en las reuniones y sabías por qué se hacían las cosas. Ahora vienes de visita y cualquier movimiento te parece extraño. La casa no ha cambiado tanto. Lo que ha cambiado es tu lugar en ella.

Andrés permaneció un rato en silencio.

Comprendió que llevaba meses intentando interpretar cada decisión de su empresa desde fuera de una habitación en la que antes había estado sentado.

Y que, ante la falta de información, siempre completaba los huecos con la peor explicación posible.

Al día siguiente no recuperó su puesto en el comité de dirección, ni empezó a estar de acuerdo con todas sus decisiones. Pero dejó de convertir cada duda en una acusación y comenzó a preguntar antes de sacar conclusiones.

A menudo pienso en cuánto sufrimiento innecesario nos provocamos cuando dejamos de participar en las decisiones y empezamos a interpretar las intenciones de quienes las toman.

No siempre estaremos de acuerdo con quienes dirigen, ni todas sus decisiones serán acertadas. Pero sospechar sistemáticamente tampoco nos proporciona más información, ni más influencia, ni más tranquilidad.

Quizá lo más absurdo sea que, intentando descubrir enemigos por todas partes, acabemos convirtiéndonos en nuestros propios verdugos.

¿Cuánto de lo que te preocupa procede de lo que realmente sucede y cuánto de lo que imaginas que los demás están haciendo?

Aruca Gómez


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