Cuando alguno de mis clientes se enfrenta a una decisión en la que parece que le va la vida, pero lo que está en juego es el miedo a salir de su zona de confort, a perder su supuesto prestigio o reconocimiento o a que algo salga mal, a veces le propongo pensar qué es lo peor que podría pasar.
No me refiero a que eso en concreto salga mal, a que todos sus temores se hagan realidad o a que haya sido un riesgo absoluto, que también. Me refiero a que morirse es seguramente lo peor que te puede ocurrir y, sin embargo, es en lo que nunca piensas.
Crees que tendrás muchas más oportunidades para volver a sentir esa adrenalina o a sentirte aprendiz de nuevo. Sin embargo, a veces esa experiencia amordazada y evitada acaba formando parte del monstruo que vas haciendo con tus miedos y al que cada vez es más difícil someter.
Si en realidad supiésemos cuánto depende de la suerte en casi todo lo que hacemos, algo que preferimos obviar para poder creer y asirnos a algo, seguramente no le daríamos tantas vueltas. O sí.
Otras veces es mejor domar el optimismo y hacer algún que otro ejercicio que tiene mucho que ver con mi pregunta inicial, como el premortem de Gary Klein.
Consiste en reunir al equipo en una breve sesión, una vez planteada una gran decisión y antes de ejecutarla, e imaginar que ha pasado un año y que el proyecto o la idea no ha salido bien.
Entonces, cada persona escribe por su cuenta, durante cinco o diez minutos, la historia del desastre. Después se ponen en común las razones que han aparecido.
¿Para qué sirve? Para hacer aflorar dudas, encontrar riesgos ocultos y reducir los perjuicios del exceso de optimismo o de la falta de crítica.
Puede que encuentres algo que no has tenido en cuenta. Y, si no, ¿qué es lo peor que podría pasar por hacerlo?

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