En la banda sonora política de mi vida han sonado siempre sardanas y aurreskus. A pesar de parecer que hemos vivido siempre el turnismo de un bipartidismo vacuo y agotador, en muchas legislaturas, han priorizado ambos hablar catalán o vasco en la intimidad que acordar nada entre ellos.
Todavía no acierto a entender qué ha ocurrido para que en cada autonomía o provincia no haya cuajado el ejemplo a lo largo de estos años para formaciones que por encima de todo con la excusa del terruño y un ADN ficticio puedan acumular poder y supervivencia. Una muestra es que seguramente conocemos a más políticos nacionalistas que a ministros del gobierno.
Pues veinte años después, en esas seguimos, hemos pasado de partidos a bloques, sin embargo en lugar de innovar para negociar y transformar la sociedad hemos acabado adoptando a su vez una inútil forma de hacer político que cabe en neologismos como bibloquismo.
Quedarse ambos sin excusas para echar a otros la culpa de sus malos resultados y celebrar la mínima como si fuera la Champion da muestras de su agotado proyecto de propuestas y eficacia para ofrecer una alternativa moderna de país. Sobre todo de anteponer nuestros intereses, los de todos, al partidista o personal.
Nos quedan dos meses de sainete en los que la supervivencia pasa por gobernar a toda costa. Da igual si hay que volver a tiempos pasados en derechos y libertades, a dar las mejores condiciones a cupos y conciertos o si hay que indultar o tragar. Todo se normalizará y bendecirá en nombre de la gobernabilidad.
La moderación se torna más necesaria que nunca aunque corran malos tiempos para ir a contracorriente no polarizando y luchando por modernizar el país. Ni rendirse, ni marcharse mientras suene esta música.


