VESTIR LIBERTAD

La ropa no es solo tela, es lenguaje, identidad y en muchos casos, rebeldía. Vestirse bien hoy, con autenticidad y estilo, es casi un acto político. En un mundo que castiga lo diferente y premia la obediencia estética, arreglarse a tu manera es una forma de decir “aquí estoy, sin esconderme”.

Mientras en muchos rincones del planeta, como Irán, las mujeres arriesgan la vida por mostrar un mechón de pelo, por elegir sus colores, por pisar la calle sin el disfraz del sometimiento, en otros lugares parece que olvidamos el valor de poder elegir. El velo obligatorio, la peluca impuesta, las túnicas que simulan jaulas… son símbolos de control. Y también lo es aquí esa oficina gris donde vestirse fuera de la norma es mal visto, donde se cree que la seriedad va de la mano del uniforme.

La creatividad nace de lo diverso. La innovación no florece donde todo se iguala por abajo. Y sin autenticidad, no hay liderazgo que inspire ni presencia que transforme.

Vestirse con libertad es honrar a quienes no pueden hacerlo. Es un gesto cotidiano que celebra la diferencia y nos conecta con nuestras hermanas del mundo. Es un recordatorio de que ninguna mujer debería esconderse para sentirse segura, ni disfrazarse para ser aceptada.

Porque no queremos ser como los demás. Queremos ser como somos. Y que eso, sin más, sea suficiente.

CUANDO TODO SE MIDE EN DINERO 

¿Qué ocurre cuando el dinero se convierte en la medida de todas las cosas?

Cuando se cree que el éxito lo marca la cuenta corriente y no se atiende a nada más que no pueda ser comprado.

Vivimos en una plutocracia que lo impregna todo. Donde el que más tiene puede comprar hasta una nacionalidad de un país “molón”, pagar lo que haga falta por el capricho de parecer ciudadano de otro lugar, y hasta adquirir territorios y voluntades calculando su precio por habitante.

Y mientras tanto, los de abajo miran con los dientes largos esos cheques al portador de 100.000 euros, imaginando que eso les cambiaría la vida. ¡Vaya si les cambiará!

Recuerdo mi primera clase de Ciencia Política, cuando la profesora nos preguntó qué pasaría si Francia nos invadiera. Éramos alumnos de siete países diferentes y lo primero que surgió fue: “¿Pero tendríamos que hablar en francés?”. La de ahora es ¿por cuánto dinero venderías tu nacionalidad? Y a lo mejor sería interesante ¿a qué país? Para comprobar que el dinero no entiende de raza, sexo o condición pero sí de tenerlo o no.  

Ese era el nivel de preocupación. Como si lo importante fuera el idioma y no todo lo demás. Y eso que era el el área idónea. 

Así funciona este mundo que parece un resort de lujo lleno de fichas y dados, donde la banca nunca pierde y cada vez hay menos reglas y más dueños. Un mundo en el que la política se convierte en espectáculo y el poder en mercancía. 

Y a este paso, no sabremos ni cuánto valemos… solo cuánto costamos. Todo eso si no vuela todo por lo aires al grito de “All in”. 

“ZOMBIE” NO DEJA DE SONAR EN MI CABEZA

The Cranberries es uno de mis grupos favoritos y sin duda “Zombie” es mi canción preferida. Siempre que la escucho vuelve ese nudo en el estómago pero también me recuerda por qué merece la pena, a pesar de los obstáculos y frustraciones, dedicar tiempo y esfuerzo a defender la conexión, el entendimiento, lo común.

Hay canciones que trascienden el tiempo porque no solo narran lo que pasó, sino lo que sigue pasando. Está canción escrita por mi querida Dolores O’Riordan tras un atentado del IRA que costó la vida de dos niños, es una de ellas. Nacida como una protesta visceral contra la violencia, hoy sigue siendo un eco incómodo en un mundo que no deja de repetir su historia.

“It’s not me, it’s not my family…” cantaba Dolores con rabia y dolor, recordándonos que hay guerras que no elegimos, pero cuyas consecuencias terminamos llevando todos. Nos hablaba del conflicto en Irlanda del Norte, pero también nos hablaba del miedo, del odio heredado, del rencor que se disfraza de causa. Nos hablaba de nosotros.

Hoy, mientras vemos cómo nuevos conflictos estallan, continúan latentes o se reavivan en tantos rincones del mundo, la letra resuena con fuerza casi profética. En nuestras cabezas, siguen peleando. Seguimos creando zombies, personas atrapadas en la violencia de ideas impuestas, incapaces de romper ciclos de odio.

Pero también hay otra lectura. Una más esperanzadora. Zombie nos confronta, sí, pero también nos despierta. Nos recuerda que tenemos una responsabilidad, al menos pensar por nosotros mismos, no repetir la violencia como reflejo. Romper la cadena.

Porque tal vez el verdadero antídoto contra un zombie no sea una bala, sino la conciencia. La compasión. La memoria. Y sobre todo, el coraje de decir basta.

QUIÉN TE HACE HUECO EN LA MESA

La vida se parece mucho a una mesa. Te acercas con cuidado, con ganas de compartir, y entonces observas. Hay quien actúa como si no hubieras llegado. Siguen hablando, siguen comiendo, siguen en lo suyo. Tu presencia no altera nada. No es hostilidad, es indiferencia, y eso también pesa.

Hay otros que te miran. Te reconocen. Incluso sonríen. Pero no se mueven. No desplazan un plato, no acercan una silla. Te hacen saber que existes, pero no que importas. Te dejan en el borde, en ese lugar incómodo donde no sabes si sentarte o marcharte.

También están quienes te dicen algo amable mientras continúan a lo suyo. Una frase correcta, un gesto educado, pero ninguna acción que cambie el espacio. Cumplen, pero no acogen.

Y luego están los últimos. Los que sin pensarlo corren un poco el codo, apartan el vaso, buscan una silla y dicen pasa, aquí hay sitio. No hacen discursos. Actúan. Te hacen sentir bienvenida sin esfuerzo, sin deuda, sin tener que demostrar nada.

Esta metáfora sirve para la amistad, el trabajo, la familia y la vida entera. No se trata de educación ni de buenos modales. Se trata de disposición. De querer compartir espacio real, no solo palabras.

Aprender a quedarte con quienes te hacen hueco es una forma de autocuidado. Elegir a esas personas no es excluir a nadie, es elegirte a ti. Porque donde tienes que forzarte para encajar, no es. Y donde te hacen sitio, casi siempre sí.

MAQUIAVELO DE MODA

Mi primer pensamiento va hacia la alegría de muchos venezolanos que llevan años resistiendo, soñando con una salida democrática y digna. Quienes han vivido en carne propia la asfixia de una dictadura no necesitan muchas explicaciones sobre lo que está en juego.

Pero un segundo después, la reflexión se llena de ruido. ¿Cuántos escenarios se abren? ¿Cuántos intereses se solapan en esta partida geopolítica que se juega sobre vidas humanas? ¿qué tipo de acciones unilaterales legitima este hecho? 

Hablan de expandir la democracia o de defender la soberanía, pero solo actúan cuando el crudo tiene la viscosidad adecuada o el lugar es estratégico para el comercio aunque se haga renunciando a la elección democrática del pueblo. 

El derecho internacional parece hoy más un argumento que una norma. Lo que debería justificar una intervención no la garantiza en otros lugares con la misma vulneración de libertades y derechos. El mundo se divide en bloques cada vez más rígidos, pero ninguna opción parece representar lo que anhelamos, libertad real, justicia global, dignidad sin condiciones.

Entre dictaduras de nuevo y viejo cuño, de izquierda o derecha y democracias selectivas y teatrales, la esperanza sigue siendo una rareza.

Y sin embargo, verla encenderse de nuevo en los ojos de quienes no se rinden, aunque el tablero esté amañado, sigue siendo lo único auténtico en este gran espectáculo.

RECIBE 2026 SABIENDO QUE NO ES PARA SIEMPRE

En estudios sociológicos y psicológicos bien diseñados apenas un uno por ciento de las personas querría saber el día exacto en el que va a morir. Sin contexto. Sin para qué. Solo el dato desnudo. La cifra es reveladora. Preferimos no saber. Preferimos convivir con la incertidumbre de algo que, paradójicamente, es lo único seguro.

Cuando la pregunta cambia y se introduce el para qué, cuando se abre el plano a la posibilidad de planificar, el porcentaje sube. Aun así sigue siendo minoritario. Y quizá eso diga más de nosotros que del miedo a la muerte. Nos cuesta mirar de frente el tiempo. Nos cuesta asumir que cada día que pasa, sin excepción, estamos un día más cerca del final.

Lo curioso es que esa certeza no suele empujarnos a vivir mejor. Vivimos como si hubiera prórroga infinita. Postergamos decisiones. Aplazamos conversaciones. Aceptamos vidas que no nos representan del todo. Nos dejamos llevar por modas, estereotipos y expectativas ajenas sin detenernos a preguntarnos qué nos hace felices de verdad.

Cualquier momento es bueno para hacerlo. Pero cambiar de año tiene algo simbólico. Nos invita a ordenar. A revisar. A soltar lo que pesa y a quedarnos con lo esencial. No hace falta una mala noticia para reaccionar. No hace falta tocar fondo para elegir con conciencia.

Llegar a 2026 con los valores claros y las prioridades ordenadas no es una cuestión de control. Es un acto de honestidad. Vivir sabiendo que no es para siempre no quita alegría. Le da sentido. Y quizá ahí empiece una felicidad más real, menos prestada y más propia.

CUANDO LA FELICIDAD NO SE COMPRA

Durante años hemos buscado la felicidad en el tener. Después nos dijeron que estaba en el ser. Y mientras saltábamos de una fórmula a otra, algo esencial quedaba en segundo plano. Todos los estudios serios coinciden en lo mismo. La felicidad se sostiene en el amor. Y aun así seguimos tratándolo como un complemento y no como el centro.

Ser y tener importan, claro. Construyen identidad y seguridad. Pero no bastan. Puedes ser mucho y tener de todo y aun así sentir un vacío difícil de nombrar. Porque lo que de verdad nos expande es sentirnos queridos. No admirados ni reconocidos sino queridos de verdad. Desde ahí nos atrevemos. A cambiar. A arriesgar. A mostrarnos sin armadura. A intentar cosas que nunca haríamos si nos sintiéramos solos.

Sentirse querido crea suelo firme. Da permiso interno para fallar y volver a empezar. Reduce el miedo al juicio. Nos recuerda que no todo depende de acertar. El amor bien entendido no nos hace frágiles. Nos hace valientes.

Y querer es algo igual de profundo. No es idealizar ni moldear al otro. Es abrazar las diferencias. Aceptar las luces y también las zonas incómodas. Entender que lo que nos hace únicos no siempre es lo más fácil de amar pero sí lo más real.

Quizá por eso el amor decide más de nuestra vida de lo que estamos dispuestos a admitir. Porque cuando hay amor el ser se ordena y el tener deja de mandar. Y ahí aparece algo que se parece mucho a la felicidad.

LAS ELECCIONES QUE CARGA EL DIABLO

Convocar elecciones se ha convertido en una herramienta de estrategia partidista, no de democracia. Ya no se vota al acabar un mandato ni por responsabilidad institucional. Se vota cuando interesa. Cuando las encuestas sonríen. Cuando se quiere evitar responsabilidades. Y si no sale bien, se vuelve a convocar. Como si el dinero público, la estabilidad y la paciencia ciudadana no tuvieran límite.

La política ha sustituido la acción por el teatro. Los lugares comunes y no decir nada es la tónica. Hablar sobre ella es más rentable que ejercerla. Y las urnas, que deberían ser un ejercicio sagrado de soberanía popular, se usan hoy como salvavidas para partidos sin propósito y sin rumbo o trampolín para los que solo entienden el poder en clave de mayorías absolutas.

Pero lo verdaderamente escandaloso es que nadie asuma el coste del error. Nadie dimite si la jugada no sale. Nadie devuelve el tiempo perdido ni el dinero gastado. Los partidos se conforman con quedar segundos, terceros, o al menos no últimos, mientras los ciudadanos, una y otra vez, perdemos.

Quizás habría que exigir al menos, que si alguien convoca elecciones y no solo no obtiene lo que buscaba, sino que pierde votos  aunque suba escaños, se marche. Porque la democracia no es un casino.Y tampoco somos tan tontos. Y ya va siendo hora de que las urnas vuelvan a ser un instrumento para decidir el futuro, no una excusa para retrasarlo frívolamente. 

KASHIWA: 25 AÑOS DE SABOR, ARTE Y TESÓN

Ayer no solo se celebró un aniversario, se rindió  homenaje a una historia de esfuerzo, pasión y excelencia en nuestra ciudad. Hace 25 años mi querida amiga Asun abrió las puertas de su restaurante japonés en Tres Cantos. Una pionera que arriesgó,con una comida entonces poco conocida, sin imaginar que se convertiría en uno de los mejores de todo Madrid.

Cada plato que sale de su cocina lleva el delicioso sello de su dedicación silenciosa y constante. Detrás de cada vino elegido con mimo, su constante aprendizaje y de cada detalle cuidado, hay una mujer que ha convertido su restaurante en un lugar donde el tiempo se detiene y los sentidos despiertan. No hay nada que no lleve un mmmm aparejado. 

Admiro profundamente su manera de trabajar, de crecer sin alardes, de mejorar cada día. Su compromiso con la calidad no es solo profesional, es un acto de amor. Y ese amor se nota. En el plato perfecto, en el ambiente  divertido y acogedor, en cada sonrisa con la que te recibe.

Gracias por regalarnos  felicidad a través de tu casa y tu cocina, tu ejemplo y tu amistad. Que sigamos brindando muchos años más por esta aventura tuya que también sentimos un poco nuestra.

Porque cuando una mujer como tú inspira querida Asun, deja huella.

Y tú, amiga, has dejado muchas.

乾杯 (kanpai) por ti y por todo lo que viene.

EL MITO DE NO TENER TIEMPO

Cuando alguien dice no tengo tiempo casi siempre está diciendo otra cosa. No lo he decidido. No lo he priorizado. No me veo haciéndolo de verdad. Porque cuando algo nunca ha estado en tu mapa mental no aparece hueco alguno en la agenda. El tiempo no se encuentra, se asigna. Y en el caso de la actividad física, más. 

Algunos de mis coachees insisten en que pasan el día trabajando y que no queda espacio para nada más. Es decir para ellos y su cuidado, no. Lo dicen convencidos. 

Recuerdo a mi padre llevándonos, a mis hermanos y a mí,  al gimnasio todos los días. Refunfuñábamos claro. Decía que el día que inventaran un jarabe que te mantuviera sano y fuerte dejaríamos de ir. Hasta entonces había que encargarse uno mismo. A día de hoy ,ese jarabe sigue sin aparecer.

Sin llamarme nadie por el camino del deporte encuentro el momento. Cambio de actividad cuando hace falta. Caminar, pilates, yoga, fuerza. Cambio de horario por la mañana, a mediodía o por la noche. No lo idealizo. No lo hago perfecto. Hago posible. Todo mientras sigo esperando el elixir de la vida sin perder la esperanza.

Para quienes siguen convencidos de que no tienen tiempo propongo un ejercicio incómodo pero revelador. Sentarse con papel y boli. Dibujar un horario como los que teníamos de pequeños. Todas las horas del día. Rellenar con obligaciones reales. Siendo honestos. Y luego mirar los huecos.

La pregunta no es si tienes tiempo. La pregunta es si estás dispuesto a verte cuidándote. Porque cuando algo importa de verdad siempre encuentra su lugar. Aunque no sea bonito. Aunque no sea ideal. Aunque sea tarde.

LOS DE SIEMPRE, PARA TODO

Hoy lo hemos visto con “Alegría” y es que, a veces parece que en la televisión, en las redes, en la política es como esa casa en la que se siguen usando los mismos muebles por costumbre, aunque chirríen y ya no encajen en los tiempos que vivimos. No importa el reto ni la función, siempre aparecen las mismas caras, los mismos nombres, los de siempre, los que hacen y saben de todo.

Este fenómeno tiene un nombre del que todos abusan por la ley del mínimo esfuerzo, el efecto de la familiaridad. Cuanto más vemos a alguien, más confianza nos genera. Aunque no sea la persona más preparada. Aunque no tenga la mejor propuesta. Aunque haya fallado antes. La repetición nos tranquiliza, y el marketing y ma política lo saben.

Pero a diferencia de la televisión, la democracia necesita urgentemente algo más que familiaridad, necesita energía, diversidad, nuevas voces, nuevos enfoques. Requiere de personas que no estén desgastadas, que aún escuchen, que tengan algo distinto que aportar para mejorar el sistema.

Sin embargo, seguimos atrapados en un bucle de caras repetidas. Algunos porque les viene bien. Otros porque no se atreven a cuestionarlo. Y muchos porque, simplemente, no saben que hay alternativa.

Lo previsible da seguridad, pero también puede ser el mayor freno al cambio. En tiempos de transformación acelerada, repetir fórmulas caducas solo nos garantiza más de lo mismo. Y lo de siempre ya no basta.Ya queda menos. 

CUANDO TODO SUCEDE EN TU CABEZA

Hay días en los que llegas al final de la jornada agotada. No queda luz, no queda energía y sin embargo, si haces un repaso honesto, descubres algo inquietante: casi todo ocurrió en tu cabeza. Pensaste, anticipaste, analizaste, imaginaste escenarios. Viviste muchas vidas… pero ninguna en la realidad.

Cuanto más inteligente eres, más intensa es esa actividad interna. Más variables, más peros, más capas. La mente se vuelve brillante, pero también exigente. Cada decisión pasa por un filtro infinito y cada paso se retrasa porque hay demasiado que considerar. Así, lo que podría ser un gesto sencillo se transforma en un laberinto. No es falta de capacidad, es exceso de análisis.

El problema no es pensar. El problema es convertir el pensamiento en sustituto de la acción. La cabeza se cansa porque trabaja sin descanso, mientras el cuerpo espera. Y cuando eso ocurre, la realidad empieza a parecer más difícil de lo que es. Todo se vuelve obstáculo porque no se contrasta con hechos, solo con hipótesis.

La salida no está en pensar mejor, sino en pensar menos y probar más. Hacer de la realidad tu campo de pruebas. Avanzar aunque no tengas todas las respuestas. Permitir que la experiencia corrija lo que la mente exagera.

Estar alerta a este patrón es clave. Detectar cuándo llevas horas viviendo hacia dentro y recordarte que la vida ocurre fuera. La cabeza necesita descansar del análisis constante y el descanso real llega cuando el cuerpo actúa.

A veces, la claridad no aparece pensando un poco más, sino atreviéndote a hacer algo antes. Porque no todo se resuelve en la mente. Algunas cosas solo se entienden cuando se viven.

DE LA INVISIBILIDAD A LA DIGNIDAD

Hoy he tenido la suerte de asistir a una jornada de la Fundación del Secretariado Gitano como  cierre  del año dedicado a este pueblo, y me ha resultado imposible no sentir  indignación y vergüenza por todo lo que aún no está resuelto desde hace tantos años.

No por falta de discursos, que palabra y postureo no falta sino de leyes. Porque como han recordado   “convivir no es coexistir.”Porque “normalizar no es legislar”. Porque hablar de igualdad sin acción es seguir alimentando una desigualdad disfrazada.

Discriminar por identidad, por aspecto o por cultura es una herida que desangra cualquier democracia y es para mí  una injusticia a extinguir. Y esa herida se agrava cuando se mezcla con la pobreza, con la falta de datos oficiales, con el silencio institucional. Con lo que  llaman “el discurso del asco”.

La comunidad gitana ha sido ejemplo de resistencia pacífica, pero no me extraña que esté cansada de luchar frente a etiquetas. Harta de promesas huecas, de una supuesta discriminación positiva que solo perpetúa el estigma. Harta de que se cuestione su derecho a tener derechos.

No se trata solo de incluir. Se trata de reparar. De reconocer. De legislar. De garantizar, por ley, lo que ya debería ser normal, igualdad de oportunidades, acceso real a la educación, conexión digna con la formación profesional, respeto y protección frente a la discriminación.

Decimos que somos un país avanzado. Pero seguimos sin mirar de frente a quienes llevamos siglos empujando a los márgenes y enjaulándolos en tópicos. Quizá sea hora de que la justicia vuelva a ser también cosa de los juristas.Y de que esta ley deje de ser una promesa. 

Agradezco también la oportunidad de conocer al genial Catedrático de Constitucional, Fernando Rey y su arte para arrojar luz y esperanza desde el humor al profundo drama que rodea la discriminación. Menudo Inluencer!  Toda mi admiración.

CUANDO LA VOZ INTERNA IMPORTA MÁS QUE LOS SUPLEMENTOS

Estamos tan metidos en la carrera por vivir más y mejor que se nos olvida lo esencial. Tomamos magnesio, omega 3, vitaminas, antioxidantes y cualquier cosa que prometa longevidad, pero prestamos poca atención a cómo nos hablamos. Y esa conversación silenciosa vale más que todos los suplementos que podamos ingerir en años.

Si te fijas, cada vez que aparece un pensamiento que te inquieta tu cuerpo reacciona al instante. El corazón se acelera, las manos tiemblan, la piel se enrojece y el estómago se encoge. Esa reacción no es casual, es la fisiología de lo que piensas. Tus palabras internas se convierten en señales químicas que recorren tu cuerpo como si fueran verdad absoluta.

Lo que no se ve se olvida. Por eso ignoramos la salud mental hasta que duele. Reaccionamos tarde porque los pensamientos no hacen ruido, pero desgastan igual que cualquier enfermedad. Y sin una mente tratada con cariño ningún suplemento podrá hacer el trabajo por ti.

Si quieres empezar a cuidarte de verdad, empieza por cambiar la forma en la que te hablas. Háblate como te hablaría tu mejor amiga, esa que te conoce, que te quiere sin condiciones, que te recuerda tus virtudes cuando tú solo ves defectos. A partir de ahora, pregúntate por qué pudiendo usar su voz eliges hablarte con dureza.

Imagínala sentada a tu lado. Pregúntate qué diría ella cuando fallas, cuando dudas, cuando no llegas. Esa es la voz que necesitas. Esa es la voz que sana. Porque al final el cuerpo responde a lo que le dices. Y si puedes hablarte con amor, para qué seguir haciéndolo desde la herida.

CUANDO LA COMODIDAD DRAMATIZA

Desde el drama exagerado de mi simple resfriado que ni siquiera llega a gripe me he sorprendido pensando en la comodidad que disfrutamos cada día y en el efecto silencioso que está teniendo en nuestras vidas. 

Con el frigorífico lleno, el armario desbordado, la calefacción funcionando sin límite, el agua caliente siempre lista y una farmacia entera en casa para cualquier síntoma es fácil creer que todo está bajo control. Sobre todo ahora con una IA que de vez en cuando alucina en nuestros teléfonos. Pero esa ilusión nos está llevando a un lugar confuso y peligroso.

Muchos de los males que nos inquietan y castigan nuestra salud mental, vienen de nuestra poca acción y nuestro exceso de pensamiento. De vivir tan cómodas que tememos perder esa comodidad en un futuro cada vez más incierto. Y el miedo, cuando se instala, quita fuerza, quita energía y convierte la vida en un espacio pequeño. Llegando a  hacer de la supuesta  zona de confort un lugar asfixiante. 

Las modas de las duchas frías, los baños de hielo o los ayunos intermitentes van por ahí. Son intentos de recordarnos algo que nuestra rutina ha borrado. Que salir del confort, aunque sea un poco, nos despierta. Nos hace fuertes. Nos devuelve la sensación de que aún tenemos poder sobre nosotras mismas. Pero incluso así solemos practicarlas poco. Lo probamos un día, lo abandonamos al siguiente y volvemos al calor de la comodidad.

Todo sin pensar que cada pequeña victoria sobre lo cómodo aumenta nuestro autocontrol. Nos demuestra que todavía podemos con mucho más de lo que imaginamos. Que el cuerpo responde. Que la mente se aclara. Que la voluntad existe.

Y aun así aquí estamos, dramatizando un constipado como si fuera una tragedia épica y haciendo que dar un paseo cada día sea una gesta inigualable. Quizá por eso es tan necesario recordarnos que la incomodidad, en dosis pequeñas, no nos quita bienestar. Nos lo devuelve.

¿Qué vas a hacer tú? 

CARTA A LA NIÑA DEL ARMARIO MÁGICO

Querida pequeña mía,

Hoy cumples 6  años. Te miras al espejo con esa falda de tul que te hace sentir valiente, con ese sombrero de flores que te transporta a París, ya te gustaban los monos y es jardín  era tu  pasarela secreta. No lo sabes, pero estás entrenando tu mirada, tu alma… y tu revolución.

He pasado la vida intentando cambiar el mundo y sigo haciéndolo desde muchos lugares, la política, el coaching, el liderazgo. Y aunque cada paso ha sembrado algo, hoy siento que el proyecto que nace es aún más grande, más útil y más yo.

Hoy empiezo a compartir mi armario.

Ese que he construido durante años con mimo, con estilo, con piezas únicas llenas de historia y emoción. No es solo ropa, es un legado de historias e ideas. Una colección de versiones de mí misma que quiero poner al servicio de otras.

Y lo hago para que muchas mujeres puedan vestirse sintiéndose vistas, cómodas con su cuerpo, aceptadas por otras, sin necesidad de seguir comprando sin alma ni llenar el planeta de residuos.

Ahora sé que tu sueño tenía forma de prenda. Que detrás del juego había propósito. Y que cada vez que alguien se prueba algo tuyo, una semilla de transformación germina.

Gracias por soñar sin medida. Gracias por vestirte como si pudieras volar.

Hoy, la moda se convierte en puente.

Y tú, en arquitecta de un mundo más humano.

Con amor,

Yo, cincuenta y un años después

P.D.  A veces, la revolución comienza abriendo un armario con amor y dejando entrar a otras mujeres.

CUANDO LA MODA SE CONVIERTE EN UN REGRESO A NOSOTRAS

Muchas de las mujeres que vemos en reels, posts y vídeos viven en un universo que parece ajeno. Cuerpos perfectos. Edades eternas. Armarios infinitos. Outfits diarios que no encajan ni con nuestra vida ni con nuestro tiempo. Ese bombardeo constante nos va alejando de algo esencial, no de la ropa, sino de nosotras mismas.

Desde que la vida femenina se reduce a parecer lo más joven posible todo se vuelve una carrera. Tratamientos imposibles. Expectativas sin sentido. Comparaciones que duelen. Y mientras intentamos parecernos a esas mujeres de pantalla, nos alejamos de nuestro cuerpo real, de nuestra historia, de nuestra belleza verdadera. No solo dejamos de aceptarnos, dejamos de querernos.

La moda, en su origen, nunca fue una cárcel. Es un juego. Una posibilidad infinita de expresar quién somos cada día. Una forma de crear atmósferas y no disfraces. No se trata de vestirte según tu humor, sino de vestirte para acompañarlo, elevarlo, transformarlo. Cuando llevas algo que te hace sentir bien, el mundo lo nota. Cambia tu postura, tu energía, tu manera de pisar la vida.

Mi intención con #ClosetConnection es precisamente esa. Conectarnos con nosotras mismas. Explorarnos. Atrevernos. Recuperar la alegría de vestir y usarla como una forma de autoestima, no de castigo. Descubrir lo que somos a través de lo que elegimos ponernos.

He abierto las redes sociales de este proyecto que quiero que sea de todas las #ClosetSisters. Un espacio donde mostremos al mundo lo que somos capaces de hacer sin decir una sola palabra. Porque a veces, una prenda bien elegida es un acto de amor propio.

YA NO JUEGAN A LA LIMA

El otro día recordaba con algunos amigos nuestros juegos en la plaza del pueblo, a la lima, el truque, el béisbol, rescate, balón prisionero, patinar sobre ruedas, al rescate… ¿qué tienen todos ellos en común? 

Dos cosas principales se jugaban al aire libre a pesar del frío, el viento y la lluvia y se jugaban en grupo. Además también conllevaban movimiento y actividad física. Todas esas cuestiones parece que ocurren ahora dentro de una pantalla.

En la que no hay compañeros, tampoco aire libre y menos movimiento. Cuando el mundo no ha sido nunca tan seguro como ahora el acceso a tanta información hace que temamos por los pequeños más que nunca, asfixiándolos entre nosotros y  enjaulándoles en nuestras casas. 

Es más importante para nosotros su rendimiento y multiplicar sus habilidades que que disfruten de su infancia. Quizá no  dure tanto tiempo y a lo mejor tampoco les estamos preparando para el mundo que van  a vivir. 

Apenas se aburren, tampoco saben hacer más amigos que los que la propia proximidad física les procura en clase o la parental con los hijos de sus amigos. Tan aislados son carne de cañón de los infames de las redes. 

Todo está protección afecta a su autonomía a su desarrollo y sobre todo a la frustración que les genera. no conseguir con la inmediatez que exige su tiempo, lo que quieren. 

No lo estamos haciendo demasiado bien con los jóvenes pero parece que tampoco con los pequeños que a pesar de ser responsabilidad de sus padres, todos formamos parte de su comunidad en la que deben vivir y ahora parece que también sobrevivir. 

ANGUSTIA: SIN NADIE A LOS MANDOS

Eso es lo que me produce observar con detenimiento la situación actual. Las distintas velocidades, capacidades, perspectivas, preocupaciones y soluciones que se proponen a los escenarios tan dispares que cada uno ve.

Mientras unos vaticinan la desaparición de muchos de los empleos que conocemos y nos remiten a rentas básicas y un ocio obligado, otros lo comentan entre risas nerviosas por todavía conservar los suyos.

Unos hablan de ampliar la edad de jubilación mientras empresas antaño públicas prejubilan a los nacidos en 1971 y cuando los mayores de 50 que salen del mercado laboral apenas pueden volver a entrar en condiciones dignas para sumar algún beneficio a la nunca asegurada jubilación.

Mientras quienes adquieren habilidades novedosas pueden hacer el trabajo de tres, otros tratan de reducir  en el discurso la jornada que en particular ninguno de los que tiene que aplicársela a sus  trabajadores piensa hacerlo. 

Mientras los que necesitan conciliar son obligados a volver a las oficinas, los que requieren por salud mental hacerlo son obligados al remoto en cualquier caso. Todo al revés. 

Nunca ha sido tan fácil ir dal detalle y tenerlo en cuenta con tantas tecnologías  y algoritmos pero parece que solo es interesante para buscar la manera de manipular el comportamiento de los scrollers irredentos. 

Mientras por encima de las capas de los  gobiernos están los que van y vienen al espacio y a Marte y nada les aplica, los de debajo tratamos de sacar la cabeza entre tanta capa de grasa que asfixian y angustian.

CUANDO UNA PRENDA CAMBIA TU MUNDO

Hoy ha sido mi primer día de prueba en mi Closet Connection. Ha sido un éxito compartido con las que ya son mis tres Closet Sisters. A ellas y su apuesta agradezco lo que he disfrutado y a la vez comprobado que la moda es medicina. 

Por muy frívola que le parezca a algunos detrás de como te ves y como esto te afecta hay mucha ciencia. Hay días en los que basta ponerse algo distinto para que algo dentro de nosotros también cambie. Un color que nunca te atreviste a usar, un corte que te hace sentir más alta, un tejido que te abraza de otra manera. Y de pronto el espejo te devuelve una versión nueva de ti, o quizás una antigua que habías olvidado. La ropa no solo viste el cuerpo, viste la percepción.

La neurociencia lo llama enclothed cognition: lo que llevas afecta a cómo piensas, cómo te mueves y cómo te relacionas con el mundo. No es magia, es biología. Si el cuerpo se siente poderoso, la mente responde como si lo fuera. Si el cuerpo se siente cuidado, el interior respira con más calma. Una prenda puede elevarte o encogerte, abrir el pecho o cerrar los hombros. La ropa es mensaje. Hacia afuera, pero sobre todo hacia adentro.

Porque cuando cambias la manera de vestirte cambias la narrativa. Te atreves más, cuestionas menos, te sostienes mejor. Y algo aún más curioso sucede: el mundo responde. Una mirada que antes te pasaba por alto se detiene. Una conversación nace donde ayer había silencio. No es que el mundo haya cambiado, es que tú te muestras.

Vestirse no es esconderse ni decorarse. Es declararse. Es elegir quién quieres ser hoy y permitir que esa versión camine, ocupe espacio y respire.

Estoy segura que habrá muchas más Closet Sisters que se atrevan a comprobar cómo  una prenda que te puede hacer sentir siendo capaz  de activar tu corteza prefrontal y reducir la autocrítica. El cuerpo le recuerda al cerebro quién puede ser y el cerebro, cuando se lo cree, empieza a actuar en consecuencia. Atrévete a ser la siguiente #ClosetSister.