Antes de que apareciesen algunos personajes en escena y con su descaro y atrevimiento hicieran de la mala educación una manera de vivir que por cierto no es cuestionada por nadie porque sería cancelar la autenticidad, daba vergüenza decir algunas cosas.
Por ejemplo estar orgulloso de que uno solo pensaba en él mismo y en su vida, que no leía, que es normal vivir de contar intimidades de los demás, que no es necesario ser un petardo erudito porque ese no es el modelo sino ser lo que denominaban sincero.
Faltar por faltar en nombre de la verdad, eso sí cada uno la suya y sin ver la viga propia empezó una era de cruenta crítica furibunda para herir en el menor tiempo posible con la máxima crudeza. Envuelto en una supuesta libertad de expresión, la agresividad lo envolvió todo.
De manera que las jóvenes generaciones tienen que lidiar con un efecto viral con cualquier inocente foto que quieran postear de sus últimas vacaciones y que un internauta a miles de kilómetros le insulte, amenace y opine sin problema porque es lo normal.
No entiendo en qué momento nuestros ilustres prebostes han decidido no regular nada que no entiendan en aras de ser cool y que permitan que algo que está penado en la calle campe a sus anchas en redes que a veces parecen un aquelarre del medievo.
No solo en personas que están desarrollando su personalidad en estas peceras de pirañas sino en personas que tratando de no quedarse atrás emprenden sus perfiles para conocer gente o buscar trabajo y se encuentran con los verdugos que moran tras ocurrentes seudónimos.
Corren malos tiempos para la salud mental y los malos usos de algo tan bestial y útil como las redes y la inteligencia artificial pero no hacer nada con estas cuestiones además de ser dejación de funciones también hacen un flaco favor amnistiando delincuentes que bajo el normalizado título de haters y trolls, acosan personas y lo peor, niños. Lo hicieron con las redes y ahí siguen, sentados en el problema tuiteando.


