No me extraña que las nuevas generaciones prefieran otras fuentes de información que la televisión. Solo hay que encenderla unos minutos en días como hoy para no querer volver a hacerlo nunca. A pesar de esto es el medio de información política de un porcentaje de la sociedad nada desdeñable.
Imagínate entrar en una tertulia como un viajero sin mapa, participando en debates con la certeza deslumbrante de la incertidumbre. En estas conversaciones, algunos se convierten en sofistas hábiles, danzando entre palabras sin substancia, dependientes de lealtades partidistas más que de la verdad.
Se sumergen en los argumentos, no como exploradores de la verdad, sino como acróbatas verbales, ejecutando piruetas retóricas para apuntalar sus afinidades políticas o elevar el morbo con hipótesis de todo tipo como si hablasen de las combinaciones de la tabla periódica en lugar de trágicos asuntos de personas o simplemente no decir nada.
En estas tertulias, la ignorancia se disfraza de conocimiento, y la retórica vacía se eleva como moneda de cambio. Es un teatro donde la participación es más un ejercicio de apoyo ciego que un acto de discernimiento. Estos encuentros se tornan en campos de batalla de egos inflados, donde el ruido ahoga la substancia, y la falta de conocimiento se camufla tras el fervor ególatra y partidista buscando el fácil aplauso.
Participar sin tener idea de los temas se convierte en un juego peligroso, donde la reflexión y la argumentación se ven amenazadas por la superficialidad. En lugar de iluminar con ideas frescas, que inspiren, algunos se convierten en meros portavoces de consignas partidistas o de argumentos demagógicos contribuyendo más al ruido que a la claridad. En estas tertulias, la verdadera sabiduría se pierde en el tumulto de palabras sin sustancia y opiniones sin fundamento. Pero lo importante es estar.


