Esta mañana charlaba con un joven irlandés sobre importantes cuestiones vitales y ávido de encontrar respuestas sobre algunos temas me preguntaba qué diferencias veía que las redes sociales marcaban entre los nativos de estas herramientas y mi generación.
Esta persona lleva años viajando por el mundo, conociendo diferentes culturas y comparando el modo de vida de muchos países con el que le espera si algún día vuelve a Irlanda. Es descorazonador cómo a pesar de desarrollar habilidades tan útiles, el mundo les demuestre que la política ya no lo es, en ningún país y que su degradación e inutilidad lo inunda todo dejándoles desprovistos de lo que mueve al ser humano, la esperanza. Esa con la que miles de personas emprenden viajes suicidas a lo largo y ancho del mundo con la promesa de conseguir lo que su teléfono les enseña.
De eso hablamos. De los ejemplos a seguir y las comparaciones. Cuando era pequeña nos entretenía la televisión y nos enfrentábamos a esa pantalla en familia. De esa forma los comentarios de los más experimentados ponían en su sitio la mayoría de la información que recibíamos y el debate común nos enriquecía a todos. Es cierto que a veces la caja de resonancia nos entretenía en demasía siendo poco pedagógica pero al menos formaba parte de un ritual común.
Hemos pasado de esas pantallas comunes y familiares a las individuales, donde ya nadie comenta en familia nada y apenas distinguimos si lo que vemos continuamente es realidad o ficción pero lo que sí ocurre es que no podemos evitar dos cosas una, compararnos sobre todo y con todos, en el caso de las chicas sobre todo con nuestra obsesión por la imagen y en el de los chicos con la fuerza y la masculinidad y dos, la interactuación con todo tipo de personas, algunas con aviesas intenciones.
No sé hasta qué punto es saludable someterse a este escrutinio y juicio constante, a diario, lo que sí sé es que la salud mental de los más jóvenes no parece que vaya en aumento sino todo lo contrario. Cuando todos leemos que el propósito de la mayoría es mejorar esta, las redes arrecian sin control y sin piedad contra miles de jóvenes que solo quieren pertenecer a su generación y contarle al mundo lo que hacen, como son, tratando a veces de ocultar lo que les hace diferente y por tanto auténticos para caber en el perfil.
La verdadera influencia no es llenarle la vida a los demás de cosas y de tópicos sino inspirarles para que sean foco de energía y entusiasmo para otros muchos que están esperando ese impulso amigo, esa palabra amable que les saque de ese ostracismo y les haga brillar con luz propia. Estas generaciones se merecen que les ayudemos dando ejemplo.


