La vida pública actual, impulsada por la necesidad de estar en redes sociales y medios, nos invita constantemente a buscar la validación externa entre likes y reels. Sin preguntarnos qué ocurre cuando construimos nuestro valor sobre las opiniones de otros y no tenemos nuestro propio propósito.
Sin pensar en cómo perdemos nuestro equilibrio interno y nos desconectamos de valores más profundos como la integridad, la empatía y el servicio a los demás sintiendo un vacío que llenamos con más necesidad.
Esta necesidad desesperada de atención que al conseguirla, nos hace creernos indestructibles, se multiplica entre la lucha por atención, por premios y polémicas aunque no solo deteriora nuestra credibilidad, sino que mina la confianza que otros depositan en nosotros. Al final, terminamos construyendo relaciones superficiales de aprovechamiento humano y realzando figuras que son a todas luces histriónicas e inútiles.
No advertimos que estamos colaborando también con nuestro comportamiento a que el verdadero peligro se manifieste, cuando el reconocimiento importa más que los principios, sacrificamos el bienestar colectivo y perdemos el propósito compartido.
La alternativa es clara, aunque menos popular. En lugar de buscar protagonismo, debemos redirigir nuestras energías hacia metas comunes y hacia el servicio a los demás. Cuando trabajamos en silencio para contribuir al bien de quienes nos rodean, no solo fortalecemos nuestra propia esencia, sino que cultivamos lazos sólidos basados en la confianza y la autenticidad.
El verdadero impacto no viene de ser vistos, reconocidos y recompensados personalmente sino de ser efectivos en mejorar la vida de los demás. Solo así encontraremos una satisfacción genuina y duradera sin empeñar tanta energía como gastamos. Como decía Stephen Covey, la verdadera grandeza nace del respeto a los principios y de nuestro compromiso con el crecimiento y la felicidad compartidos.


