¿QUÉ RUMIA TU VACA?

En un tranquilo valle, vivía una vaca llamada Mina. A simple vista, parecía como todas las demás: pastaba, rumiaba y descansaba bajo la sombra de los árboles. Pero había algo distinto en ella. Mientras las otras vacas masticaban hierba, Mina rumiaba pensamientos.

—¿Y si no soy lo suficientemente buena? —se decía mientras masticaba—. ¿Y si el granjero me reemplaza? ¿Y si mañana no hay pasto?

Día tras día, su cuerpo estaba quieto, pero su mente no paraba. Cada pensamiento negativo volvía una y otra vez, como el mismo bocado que nunca se traga del todo. Empezó a aislarse, a caminar menos, a comer sin hambre. Aunque todo a su alrededor estaba en calma, dentro de ella había una tormenta.

Una tarde, una vieja vaca se le acercó. Había visto muchas estaciones pasar, y su mirada era serena.

—¿Por qué no te unes al rebaño en la colina? El sol está tibio y el pasto fresco —dijo con dulzura.

—No puedo —respondió Mina—. Estoy ocupada… pensando.

La anciana sonrió.

—No todo lo que rumiamos alimenta. Algunas ideas, como la hierba seca, solo llenan sin nutrir. Si masticas lo mismo todo el tiempo, se pudre en tu boca y en tu mente.

Mina la miró, sorprendida. Por primera vez, dejó que el pensamiento se detuviera. Respiró hondo. Y al hacerlo, sintió que el pecho se le abría como un campo al amanecer.

Desde ese día, Mina aprendió a elegir sus pensamientos como elegía la hierba: con cuidado, buscando los que la hacían crecer.

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