Ella no sale en las noticias. No la verás dando discursos ni alzando pancartas. Pero cada día escribe una historia de resistencia con las manos vacías y el corazón lleno.
Es una mujer joven que huyó de la guerra en Ucrania con un solo propósito, proteger a su familia. En España, nada fue fácil. El idioma, una muralla. Su título universitario, sin valor. Y como si no bastara, el trastorno del espectro autista les sorprendió nada más llegar aquí con su hijo pequeño y el mayor llegando a la adolescencia en un país que no entiende del todo.
Ella no se rindió. Movió cielo y tierra para que su hijo tuviera una plaza en un colegio especial que potencia sus capacidades. Se organizó sin red de apoyo, sin certezas, con una fuerza que nace del amor y la urgencia.
Pero hay batallas que no deberían existir. En los parques de bolas, su hijo recibe burlas. Le señalan, le evitan, le empujan. Y lo más doloroso no es solo la crueldad de algunos niños, sino el silencio cómplice de los adultos que miran hacia otro lado o, incluso, lo aprueban.
No podemos seguir educando con indiferencia. Debemos transformar estos espacios, que deberían ser de juego y descanso, en lugares inclusivos, amables y seguros. La diferencia no debería ser un motivo de exclusión, sino una oportunidad para aprender a convivir.
Nuestros hijos aprenden de lo que hacemos, no de lo que decimos. Y si no educamos en la diferencia, valorando la diversidad y enseñamos empatía, seguiremos fabricando un mundo hostil para quienes más apoyo necesitan.
Ella, mi heroína, no pide homenajes. Solo que dejemos de poner piedras en el camino de quienes ya cargan demasiado.


