LAS MUJERES QUE ECHO DE MENOS

Echo de menos a Jacinda Ardern, que lideraba desde la empatía y la cercanía, demostrando que la firmeza no está reñida con la humanidad. En un mundo que premia la agresividad y el ruido, ella apostaba por la calma y la coherencia. Durante la pandemia, mientras otros líderes proyectaban fuerza con discursos duros, ella se dirigía a la nación desde el salón de su casa, con un lenguaje claro y humano. Porque la verdadera fortaleza no es imponer, sino convencer y unir.

Echo de menos a Angela Merkel, que durante años fue el centro de gravedad de Europa. Con su carácter pragmático y su capacidad para manejar las crisis sin perder la compostura, Merkel fue el reflejo de un liderazgo basado en la lógica y no en la emoción. No levantaba la voz, pero cuando hablaba, el mercado escuchaba.

Echo de menos a Kamala Harris, que se convirtió en símbolo de un cambio histórico pero que ha quedado atrapada en las sombras de una administración que no sabe cómo aprovecharla. Su voz debería estar liderando el discurso político, pero ha sido relegada a un papel secundario cuando más se necesita un liderazgo femenino visible y activo.

Echo de menos a Sanna Marin, que demostró que la juventud y la modernidad pueden convivir con la responsabilidad y el buen gobierno. Fue criticada por bailar en una fiesta, como si ser líder significara renunciar a ser humana. Pero cuando tuvo que tomar decisiones difíciles, lo hizo con valentía y claridad.

Echo de menos a Ellen Johnson Sirleaf, que con su mandato en Liberia no solo consolidó la paz tras una guerra civil, sino que mostró al mundo que las mujeres pueden gobernar con una mezcla de fuerza y sensibilidad.

Echo de menos a Michelle Bachelet, que supo construir desde el consenso, equilibrando políticas sociales y económicas con una capacidad de negociación que dejó huella en Chile y en la región.

Lo que echo de menos, en realidad, no son solo sus nombres. Es su estilo de liderazgo. Un liderazgo que apuesta por la colaboración en lugar de la imposición, por la calma en lugar del ruido y por la visión de futuro en lugar de la reacción constante. Una política que no nace del ego, sino del propósito.

Porque es una pena que en muchos países las mujeres que llegan al poder sigan empeñadas en emular el liderazgo masculino: agresivo, cortoplacista, de confrontación y fuerza. Como si para ser tomadas en serio necesitaran levantar la voz o marcar territorio. Pero ese no es el camino. 

Las líderes que dejaron huella lo hicieron precisamente porque no intentaron ser una versión femenina de sus colegas masculinos, sino porque aportaron algo nuevo, más estrategia, más empatía, más visión de largo plazo.

Echo de menos ese tipo de política. Y creo que no soy la única.

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