CONECTADOS, NO ENCHUFADOS

En España, demasiadas veces, los gobiernos no los elige la ciudadanía, los pone la corrupción. No importa tanto la ilusión que generen, ni los proyectos que prometan. Lo que marca el ritmo son los pactos ocultos, los favores devueltos, los nombres heredados.

Es triste, sí. Triste que nadie ilusione, que ni siquiera parezca capaz de abordar los problemas que cada vez nos apremian más: la vivienda, la precariedad, la salud mental, la sostenibilidad, la justicia.

Nos hemos acostumbrado al nepotismo, al enchufismo y a todos esos “ismos” que convierten el interés público en algo privado y cada vez más personal, más de unos pocos. Quien gobierna no representa: ocupa. Y quien no forma parte de esa red de influencias queda fuera, aunque valga más.

No pensé mucho el lema de campaña, siempre lo tuve claro: “Conectados, no enchufados”. Y dos años después, sigue más vigente que nunca, tristemente. Porque el objetivo no es unirnos, sino separarnos. No es escucharnos, sino enfrentarnos. Cuanto más desconectados estemos unos de otros, más fácil será manejarnos.

Nos quieren más enfadados que implicados, más sospechosos que solidarios. Porque en el río revuelto de la desconfianza y la apatía, los mismos de siempre siguen pescando el poder.

Pero aún podemos cambiar el rumbo. Volver a conectarnos de verdad. Entre nosotros, con las ideas, con lo que importa. Porque una sociedad enchufada a la esperanza y no al privilegio… aún es posible.

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