Eva siempre había pensado que la libertad era poder decir lo que quisieras, cuando quisieras. Pero cada vez que publicaba algo en la red social de moda sentía una punzada de miedo. ¿Quién lo vería? ¿Cuántos “me gusta” conseguiría? ¿Cuánto valía su voz en ese mundo de algoritmos y aplausos vacíos?
Una tarde, mientras tomaba café en su rincón favorito, escuchó hablar a un chico de barba descuidada sobre un sitio donde no había algoritmos decidiendo por ti. Un lugar donde las redes no tenían dueño, y donde cada comunidad era como un pequeño pueblo donde todos se conocían.
—¿Un pueblo digital? —preguntó Eva con curiosidad.
—Sí —respondió él—. Lo llaman Fediverso. Imagínate una red de redes, donde cada uno puede elegir cómo participar y a quién escuchar.
Aquella noche, Eva entró en uno de esos nodos. No había anuncios. No había sugerencias. Solo un timeline lleno de ideas, conversaciones y gente real. Sintió una calma que había olvidado. Publicó algo y, por primera vez en mucho tiempo, no se preguntó cuántos likes obtendría.
A la mañana siguiente, mientras caminaba al trabajo, pensó en todas las veces que había sentido que su voz no valía si no era medida por un corazón digital. Sonrió. Porque entendió que la verdadera libertad no estaba en tener muchos seguidores, sino en poder ser uno mismo sin miedo.
Y así, Eva decidió que, aunque el mundo le ofreciera jaulas de oro, prefería una pequeña casa de madera en un lugar donde su voz fuera de verdad.
Tú qué prefieres?


