Dice mi amigo Fernando en su libro que hay quien asegura que ahora la felicidad es contarla en redes. Si se no se cuenta, no se tiene. En un país donde quienes nos quieren mal afirman que la envidia es el deporte nacional, no puede ser que provocar esa envidia sea la nueva forma de sentirnos felices.
La neurociencia ha demostrado que las redes sociales, lejos de ser solo entretenimiento, activan en muchas personas la sensación de exclusión. Ver ese carrusel constante de viajes, compras y experiencias donde uno no aparece, enciende en el cerebro los mismos circuitos que el dolor físico. El efecto no es menor ni inocuo.
En mi caso, como curiosa impenitente, las redes me han traído muchas cosas buenas. Descubrimientos constantes, acceso a estudios, instituciones, cursos, entrenamientos y consejos de salud que de otro modo habría sido difícil conocer. Incluso han convertido mi cocina en un pequeño restaurante Thai bastante decente.
Nunca he publicado nada con la intención de presumir ni de provocar exclusión. Si algo comparto, es porque creo que puede servir, inspirar o al menos invitar a la reflexión.
Corren tiempos complejos para nuestra salud mental, y las redes juegan un papel silencioso pero poderoso. No las estamos usando todo lo bien que podríamos, pero quizá estamos justo en esa etapa en la que solo sabemos esto. Lo importante es no olvidar que lo verdaderamente valioso no siempre se publica. A veces, solo se vive.


