Cuando los privilegios son solo para los líderes, no hacen ningún sacrificio y esperan pleitesía, algo huele a podrido en ese liderazgo.
Es difícil, siendo humano, no rendirse a los cantos de sirena: ser “el especial” en la sala, el que recibe halagos, invitaciones, deferencias. Pero el problema no es que existan esos gestos, sino que uno empiece a creerse que los merece por encima del resto. Que cualquier crítica o distancia es traición. Que quien no sigue tu juego es envidioso.
Si has llegado a una posición donde se espera que dirijas, lo primero que deberías preguntarte es: ¿qué está dispuesto a sacrificar mi ego por el bien común? Porque eso es liderar.
Muchos hablan de servicio, de liderar para servir, pero a la mínima oportunidad pisotean a quien haga sombra, interrumpen para brillar, compiten por el elogio. Y lo hacen creyendo que no se nota.
El verdadero liderazgo no reclama atención, la reparte. No necesita casting continuo. No alimenta la inseguridad de su equipo. Suma, acompaña, sostiene, sin hacer de eso una campaña de branding personal.
El prestigio no se impone. Se gana en la carrera de fondo de sacar lo mejor de los demás, en silencio, sin recordárselo a nadie. Si hay que recordar que lideras, quizá no estés liderando.


