En mis paseos observo —con cada vez más claridad— cómo pocas personas caminan o hacen ejercicio sin una distracción constante. La mayoría lleva auriculares escuchando música, noticias o podcasts. Algunos incluso hablan por teléfono y otros, a pesar del riesgo, caminan viendo vídeos en la pantalla.
Estamos perdiendo el hábito de estar. De observar. De escuchar. De ser conscientes de lo que nos rodea. De escuchar en el caso de mi paseo, chicharras, gritos de quienes juegan a algo,palomas, risas y conversaciones lejanas.
Leía que en la cultura Sioux, cuando un joven se acercaba al momento de crecer, se le alejaba de la tribu durante varios días, solo, en la naturaleza. No se trataba de una prueba de supervivencia, sino de percepción. Al volver, los líderes de la tribu le preguntaban qué había escuchado, qué había visto. Si había reconocido el sonido distinto de los pájaros cuando se acerca una tormenta. Si había notado los movimientos del viento, la presencia de un animal, el lenguaje del entorno.
Nosotros, tan modernos, tan conectados, rara vez dejamos espacio para ese tipo de atención. Queremos saber más, pero prestamos menos atención. Queremos consumirlo todo, pero no nos damos el tiempo de digerir nada.
Quizá deberíamos, como ellos, salir un poco más de nosotros. Alejarnos del ruido artificial, entrenar nuestra mirada, afinar nuestro oído. No para volvernos expertos en la naturaleza, sino para volvernos un poco más humanos. Para descubrir que cuanto más entendemos lo que nos rodea, menos necesitamos para sentirnos en paz.


