LA SUERTE DE TENER PUEBLO

Crecer en un pueblo es aprender a convivir con personas de todas las edades, oficios y mundos distintos sin que eso suponga ningún reto. Es natural. Se comparten estilos musicales entre el pasodoble y el reguetón, pasando por la salsa y el tecno. Se mezclan generaciones en actividades como rutas, charcas, pádel, gimnasia, aquagym o alguna que otra conferencia del centro cultural.

La piscina se convierte en lugar de reuniones, una exposición improvisada de sillas plegables, tumbonas y mesas de terraza donde cada cual busca su rincón de comodidad. Y la plaza se llena de niños,voces, risas, juegos, cafés y cañas, en una coreografía donde descanso y ocio intentan convivir con la mejor voluntad posible de todos.

Quien no tiene pueblo a veces vive encerrado en la burbuja de sus gustos, de sus horarios, de su mundo. Critica lo que no entiende, desprecia lo que no encaja. En cambio, quienes hemos tenido la suerte de tener pueblo, aprendimos desde niños a ceder, a respetar, a disfrutar de lo que otros nos muestran, sin edadismos, sin prejuicios, sin etiquetas.

Esa libertad que se vive en los pueblos, esa diversidad que se acepta con naturalidad, se lleva para siempre en el corazón. Y no hay mayor suerte que esa.

Deja un comentario