El fin del verano para mí siempre tiene un nombre y un lugar, las fiestas en honor a Nuestra Señora de la Nava en mi querido refugio de Navamorcuende.
Llenar la plaza con las jotas, ver las calles adornadas con la procesión y escuchar a la banda municipal recuperar tradiciones es volver a casa. Este año, vestida de serrana, participar en la ofrenda floral con el centro de nuestra Asociación de Mujeres fue un verdadero honor.
Las charangas con amigos, los momentos en nuestros Bar Venecia de toda la vida, los pasodobles y las orquestas en la plaza que llenan el carné de baile con personas de todas las edades son instantes que te reconectan con la infancia. Aunque la agenda apretada agote, la energía que regalan las risas y los recuerdos se queda para todo el año.
Familia, amigos, canciones, bailes y tradiciones que son parte de lo que somos. Y que gracias a los cientos de fotos se convierten en casi eternas, para revivir cada vez que haga falta ese verano que siempre acaba de la mejor manera posible, entre los míos y en mi lugar.
Siempre agradeceré a mis abuelos que decidiesen quedarse aquí de maestros y darnos la oportunidad de pacer en este maravilloso lugar.


