CONSTRUIR PAÍS 

En política, las palabras importan. Y mucho.

No todo vale para captar la atención. No todo se justifica en nombre de la libertad de expresión.

Cuando usamos términos como guerra, adversario, batalla, machacar, estamos sembrando una semilla peligrosa. Puede que, en quien los pronuncia, no haya intención literal. Pero vivimos tiempos en los que muchos, como comprobamos a diario, no distinguen con su brutalidad la metáfora del mandato.

En un contexto de polarización, ansiedad social y crispación permanente, ese lenguaje se convierte en gasolina. No para encender el debate, sino para incendiar la convivencia.

¿De verdad queremos que nuestra democracia suene a guerra?

¿No hemos aprendido que las democracias fuertes siempre se construyen con acuerdos, no con trincheras?

La política no es un espectáculo. No es una guerra de egos. No es un teatro en el que cada actor exagera su papel para salir en el informativo de la noche.

Es la vida de todos y nuestro futuro. Es servicio. Uno que requiere calma, escucha y mucho más diálogo del que se practica. Seguro que es más difícil que hacer la guerra. 

Cuando alguien abandona su función pública para hacer ruido. Cuando se insultan desde la tribuna. Cuando las amenazas ocupan más espacio que las propuestas…Perdemos todos.

Y la próxima vez, harán falta más insultos, más ruido, más amenazas para que alguien escuche.

No se trata de censurar. Se trata de reflexionar.

El respeto también se elige. Y construir país, más que gritarlo, implica practicarlo.

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