Imaginen que viven en un país donde dos partidos se reparten el poder como si fuera una partida amañada. Años de corrupción, ineficacia y promesas vacías. Gobiernos que parecen gestionarlo todo menos lo que importa.
Imaginen que, hartos de esa farsa, muchos ciudadanos votan por un partido emergente. Uno que habla fuerte, promete acabar con “todo eso” de un plumazo, con soluciones facilonas, frases potentes y mano de hierro. Parece entender vuestro hartazgo, incluso grita por vosotros.
Imaginen que ese partido llega al poder. Y entonces, todo es hierro. Su ley, su orden. Un enemigo interno o externo que sirve de excusa para aplicar el miedo como estrategia de control. El miedo entretiene, paraliza y justifica. Las libertades se estrechan en nombre de la seguridad. Y la crítica se convierte en traición.
Ese ciclo no es nuevo. Ya tiene nombre en muchas partes del mundo. Y lo más inquietante es que empieza con un deseo legítimo de cambio. De justicia. De dignidad. Pero se pervierte cuando los que llegan no quieren arreglar, sino mandar. No quieren representar, sino someter.
Y cuando el pueblo descubre que su rabia fue usada como combustible para otra maquinaria de abuso, ya es tarde. Porque ya hay víctimas. Ya hay guerra. Ya hay enemigos que antes eran vecinos. Ya hay países convertidos en trincheras internas.
El problema no es indignarse. El problema es olvidar que indignarse no debe implicar deshumanizar. Que tenemos una obligación global de proteger, mediar, y garantizar derechos, que no es debilidad, sino la verdadera fuerza.
Ahora pongan nombre. Cualquier nombre. Cualquier país. Cualquier guerra. Porque este patrón se repite, y estamos normalizando verlo desde la barrera. Me recuerda al famoso poema de Martin Niemöller: “primero vinieron por…”


