“El caos es la armonía del gobierno.”
“Es el pueblo quien paga los errores del jefe.”
Estas dos frases de la serie “El gran guerrero” son un buen resumen y aunque nos habla de los orígenes de Hawái, también refleja conflictos extrapolables y vigentes a lo largo y ancho del mundo. Aunque la paz siempre se desee, a veces parece que no queda más remedio que la guerra para defender lo propio. ¿O quizá pensemos que ya no merece la pena?
Lo más llamativo para mí es el contraste histórico. Antes, los jefes encabezaban las batallas, arriesgaban su vida y recibían honores y reinaban o gobernaban al menos cuando ellos vencían.
Hoy, en cambio, los dictadores y gobernantes se refugian en salas de guerra, dando órdenes a distancia, sin arriesgar nada. Deciden pulsando botones, viendo pantallas, escondidos en crueles videojuegos, sin cargar siquiera con el peso de la historia, confiando además en que la ciencia atenúe el único temor real que poseen, envejecer y morir.
La política ya no se mide, por nadie objetivo, en la eficacia de las mismas para mejorar la vida de las personas sino en zascas y creativos discursos. El poder ya no se mide tampoco en coraje personal, sino en la capacidad de distraer al pueblo y eludir las consecuencias.


