LA EMERGENCIA QUE NADIE QUIERE APAGAR

Escuchando a los vecinos de Soto de Viñuelas, dueños de casas calcinadas y vidas al borde del fuego, uno entiende que las llamas no solo arrasan bosques. También dejan al descubierto otra tragedia, la de la alimentada polarización política que nos está quemando por dentro.

No es el cambio climático lo que más daño hace. Ni las tormentas, ni las sequías, ni los incendios. Es la incapacidad de unir fuerzas frente a lo evidente. Es el fuego cruzado entre administraciones que no se hablan porque no comparten color político. Es la mezquindad de negar ayuda si el otro gobierna, aunque el bosque arda.

La verdadera emergencia no está solo en el monte, sino en los despachos. En los protocolos de prevención que se frenan por orgullo. En las medidas que no se aprueban porque “no toca”, aunque se implementen después, maquilladas. En la descoordinación interesada. En la lucha por el relato, aunque cueste hogares.

Y no, no es culpa del Estado Autonómico. Porque cuando gobierna el mismo partido, la cooperación fluye. Entonces no hay dudas ni competencias discutidas. Lo que hay es miedo a perder poder.

Y mientras tanto, arde la tierra, arde la confianza, arde la paciencia.

Hasta que un día lo que se queme ya no se pueda reconstruir.

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