Hoy reflexionando sobre lo que pensamos y el efecto que tiene en nosotros recordé una habilidad que entreno desde hace tiempo y puede que ayude. Seguro que ya sabéis que nuestro cerebro no espera a que ocurra algo para reaccionar. Lo imagina.
Cuando algo nos genera incertidumbre, como una elección, una reforma, una conversación, una noticia, un giro inesperado en nuestras vidas, no esperamos a ver qué sucede. Imaginamos y casi siempre nos ponemos en lo peor. Y esa imaginación nos genera miedo, bloqueo o rabia, aunque nada haya pasado todavía.
Esa simulación mental es una función esencial del cerebro, prever. Pero cuando no somos conscientes de ella, terminamos reaccionando más a lo que hemos imaginado que a lo que es real.
Lo peor es que cuanto más incierto es el futuro, más negativa es nuestra simulación. Imaginamos más miedos y menos recursos para resolver. Una especie de sesgo evolutivo para sobrevivir… que hoy es seguro un lastre para muchos que incluso aunque no ha ocurrido, ellos mismo etiquetan como “realista”
¿Y si empezáramos a entrenar otras simulaciones? ¿Y si imaginamos futuros posibles que nos motiven, nos conecten, nos empujen a actuar desde el cuidado y la colaboración?
La tolerancia a la incertidumbre no es resignación. Es la capacidad de vivir sin certezas absolutas, de decidir con valentía en medio del caos, de no dejar que nuestros miedos nos gobiernen por adelantado.
Porque el problema no es no saber, sino lo que imaginamos cuando no sabemos.
Y eso sí podemos cambiarlo. ¿Te atreves?


