LA MEMORIA DEL DOLOR

Debemos ser conscientes de los despegos que tiene nuestro cerebro, es decir, de cómo funciona en automático. El cerebro tiene un sesgo curioso. Guarda los insultos durante veinte años y olvida los halagos en apenas treinta días. No es casualidad, es supervivencia. Evolucionamos para recordar el peligro, para anticiparlo y protegernos. Pero esa misma estrategia que nos salvó de los depredadores nos juega hoy una mala pasada.

Guardamos frases, miradas, desprecios que se quedaron grabados a fuego y seguimos rumiándolos cada vez que algo nos hace sentir inseguros. En cambio, los elogios se desvanecen rápido, como si no tuviésemos derecho a creerlos del todo.Imagina a estas alturas como está tu balance. 

La neurociencia demuestra que las palabras activan los mismos circuitos que el dolor físico. Por eso un comentario hiriente puede doler igual que una caída. Sin embargo, también sabemos que el cerebro es plástico y puede reentrenarse.

Cada vez que registras un reconocimiento o un gesto amable, estás fortaleciendo las conexiones de la amígdala con la corteza prefrontal, la zona donde se regula la emoción y se equilibra la razón.

El cerebro olvida rápido lo positivo porque no lo repetimos. No lo escribimos. No lo celebramos.

Te propongo entrenar otra forma de guardar en tu cerebro que te sea más favorable para ti y para los que conviven contigo. 

Durante 30 días anota tres halagos o gestos amables que hayas recibido. No importa si son pequeños. Leerlos de nuevo activa los mismos circuitos de placer y autoconfianza que cuando los viviste. Así, poco a poco, tu cerebro aprenderá a darles el mismo valor que a los recuerdos dolorosos.

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