CUANDO EL CEREBRO NECESITA COMPAÑÍA

En Egipto me llamó la atención algo que parecía inacabado y, sin embargo, estaba lleno de propósito, las casas se construyen por etapas. Cada familia deja un piso sin terminar para que, algún día, sus hijos levanten allí su hogar. No era abandono, era previsión, un símbolo de continuidad y pertenencia. Aquella imagen me recordó que el ser humano está diseñado para crecer junto a otros, no en soledad.

El neurólogo Facundo Manes lo explica con claridad, el cerebro es un órgano social. Su equilibrio depende del contacto humano, de la sensación de formar parte de algo más grande que uno mismo. La soledad crónica, según diversos estudios, tiene efectos comparables al tabaquismo o la obesidad, no solo afecta al ánimo, también daña el sistema inmunitario, el corazón y la memoria. Sentirse solo duele porque el cerebro procesa el aislamiento como una amenaza física.

Antes, las familias convivíamos o vivíamos muy cerca. Compartíamos tiempo, cuidados, problemas y celebraciones. Esa red de vínculos sostenía la salud emocional y creaba sentido. Hoy habitamos casas más cómodas pero emociones más frías. Hemos ganado metros y perdido contacto. La modernidad nos hizo independientes, pero también nos volvió invisibles unos para otros.

Quizás debamos aprender de aquellas construcciones egipcias, dejar espacio para que otros continúen, para seguir conectados a una historia común.

Conviene recordar que las relaciones cercanas y el contacto afectivo liberan oxitocina, dopamina y serotonina, neurotransmisores que fortalecen la memoria, la empatía y la resiliencia. Cuidar los vínculos no solo da sentido a la vida, también cuida el cerebro.

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