Cuentan que en una aldea olvidada por los mapas, cinco familias vivían rodeadas por un desierto creciente. El pozo del que todos bebían estaba secándose, y la comida ya no alcanzaba. Fue entonces cuando surgió el miedo.
Cada familia comenzó a esconder lo poco que tenía. Tapaban los granos, cerraban las puertas, miraban con recelo a sus vecinos. Nadie pedía ayuda por miedo a parecer débil. Nadie ofrecía por miedo a quedarse sin nada.
Un anciano llamado Aran, que había vivido muchas sequías, reunió a todos en la plaza y les contó una historia:
—Durante una gran tormenta de arena, mis antepasados tejieron cuerdas entre sus casas para no perderse al salir. Cuando alguien caía, otro tiraba de la cuerda y lo salvaba. Las cuerdas no eran posesión de nadie, eran la salvación de todos.
Y añadió:
—Hoy el viento es el miedo. Y la única cuerda posible… es la cooperación.
Al principio dudaron. Pero una familia ofreció sus semillas, otra compartió su pozo, otra sus herramientas. La última ofreció tiempo y fuerza para trabajar la tierra de todos.
Pasaron semanas. La tierra no era más fértil, ni llovía más… pero nadie volvió a pasar hambre. Porque ya no sobrevivían como islas, sino como red.
Os dejo este cuento para reflexionar. En tiempos de incertidumbre, la cooperación no es un ideal: es un salvavidas.
El miedo encierra, pero la red humana nos mantiene de pie.


