La cantidad de veces que pensamos en alguien con cariño y dejamos pasar el momento. Recordamos una risa, una mirada, un consejo o un gesto que nos marcó y sin embargo no lo decimos. No enviamos ese mensaje, no hacemos esa llamada, no dejamos ese comentario ni constancia de que en algún rincón de nuestra memoria esa persona está.
Curiosamente, cuando algo nos molesta, cuando algo falla, entonces sí encontramos las palabras. Decimos lo que no nos gusta, lo que haríamos distinto, lo que el otro no hizo bien. Pero creo que la diferencia la marca la costumbre de decir lo contrario. De reconocer, de agradecer, de recordar en voz alta.
Hacer del mundo un lugar mejor no empieza en los grandes discursos ni en los planes perfectos. Empieza con un mensaje sencillo que diga “me acordé de ti” o “me hiciste bien”. Esa frase puede cambiarle el día a alguien, incluso la vida.
Salir del yo y mirar al otro con aprecio genuino transforma más de lo que parece. Cuando expresamos gratitud, agrandamos nuestro mundo, y liberamos las hormonas del bienestar y del vínculo. Así que cada palabra amable no solo mejora el ánimo de quien la recibe, también reconfigura nuestra mente hacia una versión más empática y luminosa.
No esperes a los reencuentros o a los finales para decir lo que sientes. Hazlo hoy, mientras aún puedes. Quizá para el otro sea un detalle pequeño, pero para ti será una forma de recordar que amar y agradecer, también se dice.


