En estudios sociológicos y psicológicos bien diseñados apenas un uno por ciento de las personas querría saber el día exacto en el que va a morir. Sin contexto. Sin para qué. Solo el dato desnudo. La cifra es reveladora. Preferimos no saber. Preferimos convivir con la incertidumbre de algo que, paradójicamente, es lo único seguro.
Cuando la pregunta cambia y se introduce el para qué, cuando se abre el plano a la posibilidad de planificar, el porcentaje sube. Aun así sigue siendo minoritario. Y quizá eso diga más de nosotros que del miedo a la muerte. Nos cuesta mirar de frente el tiempo. Nos cuesta asumir que cada día que pasa, sin excepción, estamos un día más cerca del final.
Lo curioso es que esa certeza no suele empujarnos a vivir mejor. Vivimos como si hubiera prórroga infinita. Postergamos decisiones. Aplazamos conversaciones. Aceptamos vidas que no nos representan del todo. Nos dejamos llevar por modas, estereotipos y expectativas ajenas sin detenernos a preguntarnos qué nos hace felices de verdad.
Cualquier momento es bueno para hacerlo. Pero cambiar de año tiene algo simbólico. Nos invita a ordenar. A revisar. A soltar lo que pesa y a quedarnos con lo esencial. No hace falta una mala noticia para reaccionar. No hace falta tocar fondo para elegir con conciencia.
Llegar a 2026 con los valores claros y las prioridades ordenadas no es una cuestión de control. Es un acto de honestidad. Vivir sabiendo que no es para siempre no quita alegría. Le da sentido. Y quizá ahí empiece una felicidad más real, menos prestada y más propia.


