Mi primer pensamiento va hacia la alegría de muchos venezolanos que llevan años resistiendo, soñando con una salida democrática y digna. Quienes han vivido en carne propia la asfixia de una dictadura no necesitan muchas explicaciones sobre lo que está en juego.
Pero un segundo después, la reflexión se llena de ruido. ¿Cuántos escenarios se abren? ¿Cuántos intereses se solapan en esta partida geopolítica que se juega sobre vidas humanas? ¿qué tipo de acciones unilaterales legitima este hecho?
Hablan de expandir la democracia o de defender la soberanía, pero solo actúan cuando el crudo tiene la viscosidad adecuada o el lugar es estratégico para el comercio aunque se haga renunciando a la elección democrática del pueblo.
El derecho internacional parece hoy más un argumento que una norma. Lo que debería justificar una intervención no la garantiza en otros lugares con la misma vulneración de libertades y derechos. El mundo se divide en bloques cada vez más rígidos, pero ninguna opción parece representar lo que anhelamos, libertad real, justicia global, dignidad sin condiciones.
Entre dictaduras de nuevo y viejo cuño, de izquierda o derecha y democracias selectivas y teatrales, la esperanza sigue siendo una rareza.
Y sin embargo, verla encenderse de nuevo en los ojos de quienes no se rinden, aunque el tablero esté amañado, sigue siendo lo único auténtico en este gran espectáculo.


