QUIÉN TE HACE HUECO EN LA MESA

La vida se parece mucho a una mesa. Te acercas con cuidado, con ganas de compartir, y entonces observas. Hay quien actúa como si no hubieras llegado. Siguen hablando, siguen comiendo, siguen en lo suyo. Tu presencia no altera nada. No es hostilidad, es indiferencia, y eso también pesa.

Hay otros que te miran. Te reconocen. Incluso sonríen. Pero no se mueven. No desplazan un plato, no acercan una silla. Te hacen saber que existes, pero no que importas. Te dejan en el borde, en ese lugar incómodo donde no sabes si sentarte o marcharte.

También están quienes te dicen algo amable mientras continúan a lo suyo. Una frase correcta, un gesto educado, pero ninguna acción que cambie el espacio. Cumplen, pero no acogen.

Y luego están los últimos. Los que sin pensarlo corren un poco el codo, apartan el vaso, buscan una silla y dicen pasa, aquí hay sitio. No hacen discursos. Actúan. Te hacen sentir bienvenida sin esfuerzo, sin deuda, sin tener que demostrar nada.

Esta metáfora sirve para la amistad, el trabajo, la familia y la vida entera. No se trata de educación ni de buenos modales. Se trata de disposición. De querer compartir espacio real, no solo palabras.

Aprender a quedarte con quienes te hacen hueco es una forma de autocuidado. Elegir a esas personas no es excluir a nadie, es elegirte a ti. Porque donde tienes que forzarte para encajar, no es. Y donde te hacen sitio, casi siempre sí.

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