The Cranberries es uno de mis grupos favoritos y sin duda “Zombie” es mi canción preferida. Siempre que la escucho vuelve ese nudo en el estómago pero también me recuerda por qué merece la pena, a pesar de los obstáculos y frustraciones, dedicar tiempo y esfuerzo a defender la conexión, el entendimiento, lo común.
Hay canciones que trascienden el tiempo porque no solo narran lo que pasó, sino lo que sigue pasando. Está canción escrita por mi querida Dolores O’Riordan tras un atentado del IRA que costó la vida de dos niños, es una de ellas. Nacida como una protesta visceral contra la violencia, hoy sigue siendo un eco incómodo en un mundo que no deja de repetir su historia.
“It’s not me, it’s not my family…” cantaba Dolores con rabia y dolor, recordándonos que hay guerras que no elegimos, pero cuyas consecuencias terminamos llevando todos. Nos hablaba del conflicto en Irlanda del Norte, pero también nos hablaba del miedo, del odio heredado, del rencor que se disfraza de causa. Nos hablaba de nosotros.
Hoy, mientras vemos cómo nuevos conflictos estallan, continúan latentes o se reavivan en tantos rincones del mundo, la letra resuena con fuerza casi profética. En nuestras cabezas, siguen peleando. Seguimos creando zombies, personas atrapadas en la violencia de ideas impuestas, incapaces de romper ciclos de odio.
Pero también hay otra lectura. Una más esperanzadora. Zombie nos confronta, sí, pero también nos despierta. Nos recuerda que tenemos una responsabilidad, al menos pensar por nosotros mismos, no repetir la violencia como reflejo. Romper la cadena.
Porque tal vez el verdadero antídoto contra un zombie no sea una bala, sino la conciencia. La compasión. La memoria. Y sobre todo, el coraje de decir basta.


