¿Qué ocurre cuando el dinero se convierte en la medida de todas las cosas?
Cuando se cree que el éxito lo marca la cuenta corriente y no se atiende a nada más que no pueda ser comprado.
Vivimos en una plutocracia que lo impregna todo. Donde el que más tiene puede comprar hasta una nacionalidad de un país “molón”, pagar lo que haga falta por el capricho de parecer ciudadano de otro lugar, y hasta adquirir territorios y voluntades calculando su precio por habitante.
Y mientras tanto, los de abajo miran con los dientes largos esos cheques al portador de 100.000 euros, imaginando que eso les cambiaría la vida. ¡Vaya si les cambiará!
Recuerdo mi primera clase de Ciencia Política, cuando la profesora nos preguntó qué pasaría si Francia nos invadiera. Éramos alumnos de siete países diferentes y lo primero que surgió fue: “¿Pero tendríamos que hablar en francés?”. La de ahora es ¿por cuánto dinero venderías tu nacionalidad? Y a lo mejor sería interesante ¿a qué país? Para comprobar que el dinero no entiende de raza, sexo o condición pero sí de tenerlo o no.
Ese era el nivel de preocupación. Como si lo importante fuera el idioma y no todo lo demás. Y eso que era el el área idónea.
Así funciona este mundo que parece un resort de lujo lleno de fichas y dados, donde la banca nunca pierde y cada vez hay menos reglas y más dueños. Un mundo en el que la política se convierte en espectáculo y el poder en mercancía.
Y a este paso, no sabremos ni cuánto valemos… solo cuánto costamos. Todo eso si no vuela todo por lo aires al grito de “All in”.


