La ropa no es solo tela, es lenguaje, identidad y en muchos casos, rebeldía. Vestirse bien hoy, con autenticidad y estilo, es casi un acto político. En un mundo que castiga lo diferente y premia la obediencia estética, arreglarse a tu manera es una forma de decir “aquí estoy, sin esconderme”.
Mientras en muchos rincones del planeta, como Irán, las mujeres arriesgan la vida por mostrar un mechón de pelo, por elegir sus colores, por pisar la calle sin el disfraz del sometimiento, en otros lugares parece que olvidamos el valor de poder elegir. El velo obligatorio, la peluca impuesta, las túnicas que simulan jaulas… son símbolos de control. Y también lo es aquí esa oficina gris donde vestirse fuera de la norma es mal visto, donde se cree que la seriedad va de la mano del uniforme.
La creatividad nace de lo diverso. La innovación no florece donde todo se iguala por abajo. Y sin autenticidad, no hay liderazgo que inspire ni presencia que transforme.
Vestirse con libertad es honrar a quienes no pueden hacerlo. Es un gesto cotidiano que celebra la diferencia y nos conecta con nuestras hermanas del mundo. Es un recordatorio de que ninguna mujer debería esconderse para sentirse segura, ni disfrazarse para ser aceptada.
Porque no queremos ser como los demás. Queremos ser como somos. Y que eso, sin más, sea suficiente.


