EL VALOR OLVIDADO DE ACOMPAÑAR

Vivimos entrenados para buscar lo placentero y esquivar lo incómodo. Si algo duele, lo silenciamos. Si alguien sufre, cambiamos de tema. Queremos experiencias rápidas, emociones agradables y soluciones a golpe de clic. Y sin darnos cuenta, hemos desaprendido algo esencial, escuchar, consolar, estar.

No estamos acostumbrados a acompañar el dolor ajeno porque tampoco sabemos habitar el propio. Nos incomoda no tener respuestas, no poder arreglarlo todo. Preferimos la distracción a la presencia. Pero ahí hay una gran confusión. Creemos que la felicidad vive en la dopamina, en el subidón, en la recompensa inmediata. Y no es así. La felicidad que sostiene la vida está en la oxitocina. En la confianza, en el vínculo, en la compasión. En sentir que no estás solo cuando algo se rompe.

Escuchar de verdad es un acto profundo. No interrumpir. No minimizar. No correr a aconsejar. Consolar no es quitar el dolor, es decir sin palabras estoy aquí contigo. Y eso, aunque parezca pequeño, es lo que más nos repara como humanos.

Saber acompañar también nos prepara para algo igual de importante, dejarnos acompañar. Nadie puede sostenerse solo todo el tiempo. La compasión no es debilidad, es tejido social. Es lo que nos constituye y lo que nos mantiene unidos cuando lo demás falla.

Quizá hemos sobrevalorado la felicidad brillante y hemos infravalorado la que cuida. La que no se muestra, pero permanece. La que nace cuando alguien escucha sin huir y consuela sin querer brillar. Ahí, justo ahí, sigue viviendo lo más humano que tenemos.

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