Somos capaces de hacer casi cualquier cosa por llevar la razón. Discutir hasta romper amistades. Dañar lazos familiares. Hundir negocios. Tomar malas decisiones. Deshacer equipos que funcionaban. Todo porque alguien nos enseñó que el poder siempre tiene razón y que para mantener la autoridad hay que imponerla sin dudar.
Lo sorprendente es que sigamos creyendo esto en un mundo que cambia a una velocidad inédita, lleno de incertidumbre y de información accesible para cualquiera. Aun así, dudamos poco y afirmamos mucho. Y en ese empeño por no cuestionarnos mostramos justo lo contrario de lo que pretendemos demostrar. No fortaleza, sino incapacidad para liderar en contextos complejos.
Cuando todo se mueve, cuando ninguna verdad es definitiva, cualquier experiencia o punto de vista puede aportar algo valioso. Sin embargo, nos aferramos a lo que nuestros sentidos han percibido una vez, aunque esté incompleto o sea erróneo. Defendemos esa versión contra viento y marea convencidos de que resistir nos hace fuertes.
Pero ocurre lo contrario. La verdadera debilidad aparece cuando no sabemos escuchar, cuando confundimos autoridad con rigidez y seguridad con soberbia. Esa debilidad es la que rompe proyectos, enturbia relaciones y expulsa a las personas con más talento y potencial. Nadie quiere crecer donde no puede pensar en voz alta.
Quizá ha llegado el momento de dejar de tratar la obstinación como una virtud. Dudar no resta poder. Preguntar no debilita. Escuchar no te hace menos. Insistir en tener razón cuando la realidad cambia es tan absurdo como seguir defendiendo que la tierra es plana. Y sí, todavía hay quien lo hace.


