Cuando algo nos incomoda, aunque sea un poco, el primer impulso es apartarlo. Nos decimos que no es lo ideal para nosotros, que no encaja, que ahora no toca. El cerebro es hábil fabricando excusas porque su misión es protegernos del esfuerzo y del riesgo. Así, sin darnos cuenta, nos engañamos para no empezar o para abandonar pronto.
Pero el verdadero problema no está en comenzar. Comenzar suele ser incluso estimulante. El reto real es perseverar. Ahí es donde se decide todo. Perseverar cuando ya no hay motivación, cuando no se ven resultados, cuando otros miran con escepticismo a quien insiste una y otra vez sin éxito aparente. Desde fuera parece alguien que no avanza, que se equivoca, que se desgasta. Desde dentro, se está forjando una personalidad resistente.
Cada año ocurre lo mismo. En marzo ya queda poca gente en el gimnasio. Pocos siguen caminando a diario, pocos han dejado de fumar, pocos continúan con el idioma o con el cambio de hábitos. Entonces nos decimos que no tenemos la personalidad adecuada, sin darnos cuenta de que la personalidad se construye con lo que repetimos. Igual que se entrenan hábitos saludables, también se entrenan la queja, el mal humor o la discusión constante.
La perseverancia no es talento ni carácter innato. Es una decisión que se renueva cada día. Nadie puede sostenerla por ti.
La evidencia en neurociencia del hábito muestra que el cerebro cambia por repetición, no por intención. Cada vez que perseveras, aunque no tengas ganas, refuerzas circuitos neuronales de autocontrol y constancia. No esperes a sentirte fuerte para continuar. Continúa y la fortaleza llegará después.
¡No te rindas! Vaaaaaaamos!


