LA TAZA DE BARRO

En una aldea al pie del Himalaya, vivía un anciano sabio llamado Anand, que cada mañana salía a pasear con una vieja taza de barro entre las manos. Era sencilla, sin adornos, agrietada por los años. Muchos aldeanos le ofrecieron regalarle una taza nueva, pero él siempre sonreía y decía:

—Gracias, pero esta me recuerda quién soy.

Un día, un joven mercader, agotado por el estrés y la ambición, le preguntó:

—¿Cómo puedes estar tan en paz con tan poco?

Anand le ofreció té. El joven se sorprendió: el sabor era delicioso, fragante, perfecto.

—¿Qué tipo de té es este? —preguntó.

—El de cada día —respondió Anand—. Lo único especial es que lo bebo despacio, lo huelo, lo agradezco… y uso mi taza favorita para recordarlo.

El joven bajó la mirada, avergonzado. Pensó en sus tazas de porcelana, en sus viajes apresurados, en las veces que tomó té sin saborearlo, regalos sin abrir, momentos que pasaron de largo.

Anand le dijo:

—Los grandes tesoros no siempre brillan. A veces crujen como barro entre las manos, o como el pan recién hecho, o como la risa de alguien que te escucha de verdad.

Si no aprendemos a verlos, la vida se nos escurre… incluso en las copas de oro.

Quien agradece lo pequeño, encuentra grandeza en todo y sobre si lo practicamos es sobre lo que hoy quiero que reflexionemos.

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