NO ME DIGAS QUÉ PONERME A LOS 50

Estoy harta de los artículos y anuncios que explican qué ponerse a los 50 y qué no. De los artículos que recomiendan cómo cortarte el pelo “según tu edad” y de las revistas que aclaran los años entre paréntesis como si fueran una advertencia. Como si cumplir años necesitara justificación.

Debe ser que voy cumpliendo años y ahora lo veo más claro. Pero lo curioso es que siempre he tenido amigos y amigas de todas las edades y jamás fue un tema de conversación. Nunca nos separó. Nunca nos unió. Nunca fue etiqueta. Era simplemente irrelevante. Lo que importaba era la conversación, la energía, la mirada, el humor compartido.

Nos dicen que el edadismo está en la mente de quienes envejecen. Que es una percepción. No lo creo. Creo que vivimos en un entorno competitivo donde la edad se usa como argumento silencioso. Una forma elegante de descartar sin decirlo. De insinuar que el momento pasó. Que ya no toca. Que hay que hacerse pequeño para encajar.

Pero la edad no es un límite, es un dato. Y solo pesa cuando tú lo aceptas como arma contra ti. Si sientes que tu experiencia incomoda, que tu entusiasmo molesta o que tu presencia estorba, probablemente ese no es tu sitio. No es que sobren años. Es que falta visión.

La madurez no resta, suma profundidad. No quita estilo, lo afina. No apaga sueños, los vuelve más conscientes.

Quizá el verdadero acto de rebeldía hoy no sea parecer más joven. Sea ocupar espacio con la edad que tengas. Vestirte como quieras. Pensar en grande. Y no pedir permiso por existir en cada década que atraviesas. Por lo menos aquí, no. 

Deja un comentario