Ahora que lo he pasado, o eso creo, puedo hablar con algo de serenidad sobre un periodo que fue una auténtica pesadilla. Empezó con taquicardias y pruebas médicas que daban resultados normales, sin explicación clara. Después llegaron más síntomas, microdespertares, dolores articulares, cambios de ánimo…Muchos más. Casi todos.Tantos que busqué un listado para orientarme y casi me asusté al reconocerme en un porcentaje altísimo.
Se convirtió en mi obsesión. En mi tema recurrente. En la conversación que repetía una y otra vez buscando una solución desesperada. Sabía que para algunos era antilibido escucharme hablar de ello pero aun así mi marido y mis amigos me sostuvieron con paciencia infinita.
Pensaba que no acabaría nunca. Que no podría llevar una vida familiar y profesional normal. Leí decenas de libros. Me enfrenté a relatos antiguos cargados de miedo que dibujaban décadas de insomnio, sudores y carácter irreconocible. Hubo quien me dijo que no parecía la misma. Y quizá era cierto. Porque estaba atravesando una transformación profunda.
Decidí actuar. Sin hormonas por convicción personal me apoyé en suplementos, ajusté mi alimentación aumentando proteína (80%), y otro 20% entrené fuerza, caminé más, hice yoga, pilates, probé acupuntura. Fui construyendo mi propio mapa de salida.
Ahora, meses después, me siento francamente bien. La mayoría de los síntomas han desaparecido. Duermo mejor. Sigo cuidándome. Y, sobre todo, he entendido que de esto también se sale.
Escribo para quien esté en mitad del proceso. Para mi amiga Gema y para tantas mujeres que lo viven en silencio creyendo que es el fin de la cordura. No lo es. Es una etapa. Un tránsito. Un reajuste. Un 15% lo pasa sin apenas notarlo. El resto necesitamos comprensión, conversación y apoyo.
Gracias a quienes acompañan. Porque vivirlo juntas cambia completamente la historia. Aquí estoy por si a alguna os puedo resultar útil tanto en el acompañamiento profesional como en el personal siendo un rayo de esperanza necesario.


