En Latakia, Siria, alguien ha decidido que el maquillaje femenino es un problema público. El gobernador ha optado por prohibirlo en las empleadas públicas para evitar lo que llama uso excesivo. Resulta curioso cómo, una vez más, el foco no está en la corrupción, ni en la pobreza, ni en la falta de oportunidades, sino en el rostro de una mujer.
El maquillaje nunca ha sido solo pigmento. Es identidad, juego, expresión, armadura y, a veces, simple placer. Prohibirlo no es una cuestión estética. Es un gesto simbólico. Es recordar a las mujeres que su imagen siempre está bajo supervisión. Que su libertad es negociable. Que su cuerpo sigue siendo territorio político.
Nos dicen que es por orden, por moral, por decoro. Pero rara vez vemos normas diseñadas para educar el autocontrol de quienes miran con deseo desmedido o ejercen poder sin límites. El problema nunca parece estar en la falta de autocontrol masculino, sino en la visibilidad femenina.
La revolución del maquillaje no consiste en colorear párpados. Consiste en decidir. En poder elegir mostrarse o no. En no aceptar que la solución a los impulsos ajenos sea esconderse.
Cuando una sociedad regula el rímel antes que la violencia, no está protegiendo la virtud. Está revelando su miedo a la autonomía femenina.
Y la autonomía, cuando se prueba, ya no se olvida. Hagamos política, apoyémonos porque si no alguien lo hará contra nosotras. Qué ganas me dan de pintarme como una puerta.


