NO ES PAÍS PARA MUJERES

Hay algo que me entristece profundamente cuando se celebra que una mujer deje la política. Sea quien sea. Piense lo que piense. Como si su salida fuera un triunfo colectivo y no una señal de alarma.

Nos convencimos de que con listas paritarias el problema estaba resuelto. Cincuenta por ciento y asunto cerrado. Pero la realidad es más compleja. El poder no es solo ocupar un escaño. Es poder sostenerlo sin que te cueste la vida personal, la salud o la dignidad.

La política se ha convertido en un ecosistema 24 horas. Un espacio donde la exposición es permanente y el desgaste, constante. Donde no solo se fiscaliza la gestión, sino el gesto, la familia, el pasado, el entorno. Antes, al menos, quienes acompañaban quedaban al margen. Ahora todo vale. El titular efímero justifica arrasar con cualquiera que esté cerca.

El resultado es evidente. Muchas mujeres no se van por falta de capacidad. Se van porque el precio es desproporcionado. Porque el entorno no solo exige dedicación absoluta, sino resistencia al ataque continuo. Y porque las redes y los informativos han sustituido el debate por el desgaste.

No es falta de ambición. Es cálculo emocional. Es preguntarse cuánto compensa.

Yo tuve la suerte de contar con un equipo de apoyo incondicional en casa. Lo digo con gratitud. Pero imaginen la expresión cuando alguien me dice que debería volver. No es miedo al trabajo. Es memoria del ecosistema.

La democracia necesita talento. Pero también necesita entornos habitables.

Y mientras no lo sean, no bastará con contar mujeres. Habrá que preguntarse por qué se van.

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