ENTRE EL PLACER Y LA FELICIDAD

Vivimos rodeados de recompensas. Pequeñas dosis de placer inmediato que aparecen con un clic, una compra, un “me gusta”, una notificación o un capricho. Son rápidas, intensas y fugaces. El cerebro las celebra porque activan la dopamina, esa chispa que nos empuja a repetir lo que acaba de darnos un pequeño subidón. Pero una recompensa no siempre deja huella y comienza una espiral en la que siempre queremos más.

La satisfacción es otra cosa. Llega más despacio y se construye con el tiempo. No aparece como un destello sino como una sensación profunda de sentido. Tiene más que ver con haber creado algo, haber ayudado a alguien, haber perseverado cuando no era fácil o haber elegido algo que conecta con nuestros valores. No es tan espectacular, pero sí permanece.

Quizá por eso me gusta recordar el cuadro del Bosco,  El jardín de las delicias. Ese cuadro nos muestra un universo lleno de tentaciones, placeres y escenas que parecen celebrar el disfrute inmediato. Un mundo fascinante y exuberante donde todo parece posible… y efímero. La pintura nos recuerda que el placer puede ser tan seductor como pasajero si no está acompañado de algo más profundo.

La felicidad real suele aparecer cuando aprendemos a equilibrar ambas cosas. Disfrutar del placer sin que gobierne nuestras decisiones y cultivar la satisfacción que da sentido a lo que hacemos.

Y si empezamos a escanear nuestras sensaciones y al hacer algo que te apetezca mucho te preguntas  si es recompensa o satisfacción. No para dejar de disfrutarlo, sino para elegir conscientemente. 

Si al final del día has hecho al menos una cosa que te haga sentir satisfecho contigo mismo, habrás construido una felicidad que dura más que cualquier recompensa momentánea.

Deja un comentario