Hace tiempo que observo algo que cada vez se hace más evidente. Las diferentes generaciones compartimos cada vez menos cosas. No vemos lo mismo, no escuchamos lo mismo, no leemos lo mismo y muchas veces ni siquiera pensamos desde referencias parecidas. Y esa desconexión empieza a tener consecuencias.
Por eso no me sorprende cuando algunos estudios hablan de una involución en los más jóvenes. Desde mi punto de vista lo es cuando ciertos avances en igualdad o en derechos se perciben como una agresión. Cuando se milita contra ellos como si defenderlos fuese una amenaza a las posiciones más cómodas. Cada generación cree estar corrigiendo a la anterior, pero cuando eso se hace sin diálogo ni contexto, el resultado suele ser empobrecedor.
También me preocupa que cada generación y su identidad se estén convirtiendo en una frontera. Ya cada uno sabe si es boomer, de la X, milenial o de la Y o Z . Como si fuera un obstáculo insalvable para mantener conversaciones interesantes, profundas, incluso incómodas, sin que aparezca inmediatamente el juicio mutuo. La experiencia de unos y la energía de otros deberían complementarse, no excluirse.
El problema es que ya casi no compartimos experiencias. No hablo solo de tiempo físico, que todavía existe. Hablo de tiempo vivido juntos. Cada uno habita su pantalla, su algoritmo, su selección de contenidos. Y desde ahí construye su visión del mundo sin apenas contrastarla con quienes piensan distinto o han vivido otras etapas.
Si cada vez nos conocemos y reconocemos menos, la brecha crecerá. Cada cohorte tenderá a defender solo lo suyo. Y las ideas de solidaridad, cooperación o proyecto común empezarán a parecer ingenuas o peligrosas.
Cuando cada uno va a lo suyo, nadie va a lo de todos. Y una sociedad que olvida ese equilibrio empieza a debilitarse.
Quizá el verdadero reto de nuestro tiempo no sea tecnológico, ni económico. Sea volver a escucharnos entre generaciones y a interesarnos por ellas antes de que la distancia se vuelva irreversible.


